17 de febrero de 2016

DICE ABEL


Hay días grises aunque luzca el sol. Y hoy es uno de ellos. No puedo decir que hay algo que vaya mal. Ni bien. Simplemente las cosas van marchando. Yo soy la que me he quedado anquilosada, estancada, anclada a un vacío que no me deja seguir adelante.
Me duele el alma; me duele todo por dentro. Necesito un abrazo, que alguien me acaricie la cara y me diga que todo va bien. Pero no hay nada ni hay nadie. Cuando vuelvo a casa todas las habitaciones están vacías y aunque por suerte mi casa es pequeña, el silencio se oye en cada estancia y me taladra los oídos, me deja la cabeza a punto de estallar, las manos frías y el corazón acelerado.
Abel, que ha crecido conmigo y somos amigos desde que la memoria me alcanza me dice que son las hormonas, que me tienen alterada. Que a mi edad, empezando ya la menopausia, estas cosas son normales. Yo no le escucho cuando se pone estúpido. Miro hacia otra parte si estamos en un lugar público, y si nos encontramos en mi casa, o más raramente en la suya, me levanto y le dejo con la palabra en la boca. Él no se enfada. Suele decirme que eso es una prueba más de que me faltan estrógenos y que debo ir sin falta al ginecólogo. Menos mal que no me ha mandado directamente al psiquiatra.
Aunque a veces yo misma creo que me vendría muy bien alguien imparcial que me escuchase, alguien que no me juzgase ni me diese consejos que no he pedido. Una persona que no me dijese que no sea quejica y que dé gracias por las cosas buenas que la vida me ha dado.
Y no seré yo quien diga que no soy afortunada en la mayoría de las cosas. Estoy sana, tengo un trabajo que me da para vivir decentemente y que incluso me gusta; mi hijo ya es independiente y no me da demasiados disgustos, aunque tampoco espero de él que sea el báculo de mi vejez. Y mi madre, a pesar de su edad, sigue lúcida y bastante bien de salud. ¿De qué me quejo, entonces?
Me quejo de mis manos heladas que nadie calienta, de mis noches en vela, del silencio atronador de mi casa, que yo intento tapar con la radio o la televisión, aunque no sepa nunca de qué están hablando. Me quejo de que se me esté muriendo la piel poco a poco porque no tengo a nadie que me acaricie y de que mis labios se resquebrajen porque nadie los besa, Y creo que hasta tendría los pechos más erguidos si alguien de vez en cuando les prestase atención.
Y no, no tiene razón Abel cuando me dice que lo que necesito urgentemente es un buen polvo. No. Lo que yo necesito es alguien que me devuelva la vida que hace tiempo perdí y que yo sola no soy capaz de encontrar.

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