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DICE ABEL 12



Dice Abel que mi mala reacción ante la llegada de la menopausia y esa sensación de que me he convertido en un secarral , en tierra yerma, viene de que hubiese necesitado tener más hijos para saciar mis ansias de maternidad.
Puede que tenga razón. De hecho yo siempre he querido ser madre de una familia numerosa, pero después de nacer Pablo y de manera voluntaria, al ver cual había sido la reacción de su padre, decidí no volver a pasar por la misma experiencia. Alberto me robó lo mejor y más valioso que una mujer puede tener; la alegría de traer un hijo a este mundo y compartirlo con quien ha puesto la mitad de la genética de ese niño.
Y yo en ese momento hubiese estado sola si Abel no estuviese conmigo en el paritorio. Sus ojos llenos de lágrimas fueron los que se cruzaron con los míos, y no los de mi marido.
Es algo que no llevo bien, he de reconocerlo. Siento que me han robado algo, y lo peor es que el ladrón es Alberto. Solo espero, y de todo corazón, que con este nuevo bebé que ha tenido no cometa los mismos errores y sepa ser el padre que no tuvo nuestro hijo.
Me reprocho no haber sido lo suficientemente valiente como para hablar de esto con Pablo. Sencillamente, no soy capaz. Cuantas veces lo he intentado, siempre me he quedado en el camino.
Si hubiesen tenido un padre adecuado, yo hubiese tenido más hijos.
Abel tampoco ha sido afortunado en este sentido. Olvido le dejó meridianamente claro que ella no quería niños, y él se quedó con las ganas. Creo que por suerte ha tenido en mi hijo una especie de sustituto, aunque me imagino que no será lo mismo que si fuese de su carne y de su sangre. Hace un año más o menos, sin querer, sorprendí una conversación telefónica entre ellos. Mi hijo había aprobado una asignatura que le estaba dando muchos problemas, Derecho Mercantil, y cuando se lo contó a Abel; éste se emocionó casi hasta las lágrimas y le dijo algo que me dejó pegada al suelo, sin poder moverme. Le dijo sencillamente “te quiero mucho y estoy orgulloso de ti”. Un escalofrío me recorrió la espalda. De su padre nunca había oído esas palabras.
Me metí en el baño y me di un hartazgo de llorar, que ya he descubierto que es lo que me cura de casi todos los males. Yo hubiese querido tener muchos hijos con un padre que fuese capaz de decirles que les quería, ocuparse de ellos y no hacer que me sintiese toda la vida como una madre soltera. Quizá sea mucho pedir, no lo sé.
Hay ocasiones en la que pienso que ojala Abel no fuese Abel, porque le tiraría los tejos.

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