2 de marzo de 2016

DICE ABEL 13




Dice Abel que soy una masoca que cuando no tiene problemas los busca y siempre tengo que estar preocupada. He de darle la razón, aunque a él no se lo diga ni harta de vino. Creo que esto me viene de la niñez. Cuando estaba contenta mi madre me vaticinaba que al día siguiente tendría un motivo por el qué llorar, con lo cual nunca disfruto del todo de los buenos momentos, preguntándome que desgracia me ocurrirá luego. Me río, pero para dentro, y disfruto pero no lo reconozco. Por si las moscas.
Sin embargo, no soy tonta del todo, y no siempre que me preocupo es sin motivo. Hace más o menos cuatro años una mañana en la ducha me palpé un bulto en el pecho izquierdo. Era muy pequeño pero antes no estaba. No se lo conté a nadie y pedí cita con mi ginecólogo. Le conozco desde siempre, él me atendió cuando nació Pablo.
Se trataba de un tumor, y lo extraño es que cuando Adolfo me lo dijo me quedé mirándole con aparente tranquilidad y le pedí que me contase paso a paso lo que había que hacer. Él no daba crédito a mi hieratismo, supongo que porque está acostumbrado a las lágrimas y al miedo. Pero yo ya había tenido unos días para hacerme a la idea, porque siempre pienso lo peor, y además odio llorar delante de la gente.
Por suerte no tuvieron que extirparme el pecho. La quimioterapia fue muy dura y sólo se lo conté, al principio, a Abel. Aquella noche vino a cenar a mi casa y aproveché que Pablo estaba de campamento. Teníamos toda la libertad del mundo para hablar. Yo sola trasegué casi una botella de vino y terminamos los dos llorando en mi sofá; yo de pura borrachera y él supongo que por conmiseración y por miedo también ante lo que se avecinaba.
Fue Abel quien estuvo a mi lado en cada sesión. Me llevaba, me traía, sostenía mi cabeza cuando vomitaba y me ponía paños húmedos en la frente. A pesar de que apenas sabe cocinar intentaba prepararme algo de comida suave que pudiese digerir y me leía poesía de Neruda.
Cuando me quedé calva como una bola de billar llegó una tarde con pañuelos de todos los colores. Me los buscaba para que combinasen con mi ropa y me hacía bailar tangos con él en el salón de mi casa, a pesar de que somos como dos patos mareados. Reíamos y llorábamos, pero nunca me dejó sola.
Recuerdo una noche especialmente dura en que había vomitado y estaba débil como un perrito recién nacido. Él estaba sentado en mi cama y me sostenía la cabeza en su regazo a la vez que me acariciaba las sienes. Me había quitado el pañuelo que siempre llevaba y apareció para acariciarme la cabeza pelona. Ese gesto me desarmó y empecé a llorar en silencio, que es como se llora cuando se ha llegado a un grado infinito de desesperación.
-Abel, no me quiero morir-le dije. Pero si me muero tienes que prometerme que te harás cargo de Pablo. No le abandones.
Me besó la cabeza. Tardó en contestar, supongo que no quería que yo notase que también él lloraba.
-No seas estúpida ni melodramática. Te encanta hacer teatro. No te vas a morir, tontaina. Yo no dejaré que te mueras porque sin tus estupideces mi vida sería demasiado aburrida. Pero, para que te quedes tranquila...quiero a Pablo como si fuese mi hijo y mientras yo viva, siempre velaré por él. Aunque tú estés. Que tampoco es que seas un portento como madre. Más bien me veo obligado a cuidaros a los dos.
En otra ocasión le hubiese soltado una fresca. Pero ahora no podía. Me había llegado al alma.
Puede que Abel sea muchas cosas: sabelotodo, prepotente, egocéntrico, desastre, despistado, egoísta...pero tengo que reconocer que es la persona en quien siempre me he apoyado cuando todo ha ido mal y a quien recurro en mis días negros. También es quien me ha visto en los momentos más humillantes. Nadie sabe tanto de mi. Ni mi madre, que me ha parido, ni Pablo, a quien he parido yo, ni Alberto, que es el padre de mi hijo.

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