7 de marzo de 2016

DICE ABEL 14



Dice Abel que tengo que hacerme a la idea de que el tiempo pasa y que es inevitable que nos deje huella, que no podemos ser siempre jóvenes porque es ley de vida y sobre todo de naturaleza. Yo asiento; no tengo ganas de discutir porque hacerlo con él es perder el tiempo.
Pero como soy persona de acción el sábado pasado le propuse que cenásemos en su casa, poniendo como disculpa que Pablo se traería a unos amigos y no quería molestarles. Yo llevé la comida ya preparada y mientras Abel abría el vino y ponía la mesa fui al baño.
No me avergüenza para nada confesar que en menos de diez minutos había revisado todo lo que allí guarda. Encontré lo típico: hilo dental, pasta de dientes y varios cepillos sin estrenar además del suyo, maquinilla de afeitar, loción, colonia, gel, champú, un paquete de preservativos caducados...Esto ya me preocupó un poco, porque o bien no toma precauciones o su vida sexual está tan muerta como la mía. Pero Dios, o el diablo, no lo sé, premiaron mi paciencia y curiosidad cuando hallé lo que buscaba: una crema antiarrugas.
Y no es que yo vea mal que los hombres se cuiden; ya iba siendo hora de que saliesen de la caverna y se acicalasen un poco, porque no es verdad eso de que el hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso. Lo que me molesta es que me suelte sermones de autoestima y esas vainas porque sabe que ni en artículo mortis me separo de mis cremas, y luego él también las use.
Pero como creo que la venganza se sirve en plato frío no le dije nada cuando me senté a cenar. Incluso le dejé que planease a donde iríamos en Semana Santa. Si, pasamos juntos casi todas las vacaciones. Pablo también está con nosotros a veces, o al menos durante unos días. Ya sé que puede parecer raro, pero estamos acostumbrados y a nosotros nos parece normal. Sólo hemos dejado de hacerlo cuando ambos estábamos casados. Incluso en los breves momentos en que salíamos con otras personas reservábamos al menos una semana para los dos. Al otra o a la otra de turno no le gustaba. No sé por qué…
En esta Semana Santa hemos pensado ir, por enésima vez, a Portugal, pero esta vez al Algarve. Iremos solos. Pablo, a pesar de ser casi un inválido emocional parece ser que está interesado por una chica y se va con ella a no sé que albergue mugriento de La Provenza. Sólo espero que no me vuelva a casa lleno de chinches.
Cuando ya habíamos tomado café y yo estaba recogiendo la mesa y cargando el lavaplatos mientras Abel fingía que me ayudaba, porque la verdad es que lo único que hace siempre es entorpecerme, se lo solté de repente, para que tuviese más efecto.
-Eres un falso.
-¿Yo? ¿Por qué?-se asombró, con sinceridad.
-Me acusas a mi de no aceptar el paso del tiempo y he descubierto una crema antiarrugas en tu baño.
-Serás zorra...¿A ti quién te ha dado permiso para revisarme el baño? Para otra vez que quieras mear te mando directamente a la calle y te bajas las bragas detrás de los contenedores de basura. Eres una impresentable.
-No escurras el bulto haciéndome sentir culpable porque no lo vas a conseguir. Acepta que no te gusta envejecer y zanjamos el asunto.
Rebuscó en el bolsillo hasta dar con el tabaco y el encendedor. Era su cocina, así que técnicamente podía fumar, pero nunca lo hubiese hecho conmigo delante sino hubiese estado muy enfadado. Sabía lo mucho que el humo me molesta. Aspiró con deleite, regodeándose.
-Está bien Bebel-otro síntoma de su cabreo monumental. Lo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ti, pérfida bruja, que yo también, como tú, tengo miedo a que me salgan arrugas, a quedarme calvo y a sacar tripa cervecera. Y ya puestos, también a morirme o quedarme lelo y no poder valerme por mi mismo.
Me enterneció tanto que le abracé y le di un suave beso en los labios. Pobre Abel. Al final también es humano.

2 comentarios:

  1. Si, amiga, por más que intentemos esconderlo. Y todos tenemos miedos. Un beso

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