8 de marzo de 2016

DICE ABEL 15



Dice Abel que tengo que aprender a no traerme a casa las frustraciones del trabajo. Y yo le digo que no es fácil, porque al fin y al cabo mi vida entera prácticamente se reduce al trabajo. Además, si yo trabajase encerrada en un despacho con papeles y sin tratar con seres humanos detestables, al acabar mi jornada puede que volviese a casa cansada, pero estaría entera. Así vuelvo hecha unos zorros y con ganas de pegarme un tiro, o mejor, de pegárselo a la gente que tengo que tratar.
Contra lo que pudiera parecer, las novias no son las más difíciles de contentar. Ellas están demasiado imbuidas en su propia nube y suelen dejarse aconsejar con bastante docilidad. Los novios, pobrecitos, ni pinchan ni cortan. Tan sólo hay algunos que protestan porque les asusta ir tan trajeados, cuando suelen ser chicos que van hechos unos Adanes y no se han puesto corbata en su vida, ya no digo chaqué.
Pero las madres...ay las madres. Se enfrentan entre ellas, lo cual nos indica que cuando tengan un nieto lo más probable es que se lo repartan en dos mitades salomónicas para poder mangonear cada una a su antojo la mitad que le toque. Pero también se enfrentan con la nuera, con el yerno y hasta con sus propios vástagos.
Hace un par de semanas la madre de una novia acabó haciendo llorar a la pobre muchacha cuando le dijo que al ser un botijo como su abuela paterna, era sencillamente imposible que ningún traje le sentase bien. Yo tuve ganas de asesinarla muy lentamente; tal vez empalándola estilo Vlad Tepes, o arrancándole las uñas de manos y pies y luego prendiéndole fuego con gasolina. En lugar de eso abracé a la doliente, le hice un té de canela, que reconforta mucho, y le pedí que se probase un vestido de líneas sencillas y rectas que disimulaba bastante bien su falta de cintura y de formas en general.
Y ya lo peor de lo peor son las bodas de los desesperados; es decir, de aquellos que han fracasado una o dos veces y a una edad ya respetable deciden probar suerte de nuevo. Ellos no me crean problemas, y las madres tampoco, sobre todo porque suelen estar muertas, seniles o impedidas. Pero las novias maduras son el peor castigo que Dios ha enviado a mi vida. Suelen venir acompañadas de sus hijas o peor todavía, de alguna hijastra. Lo primero que hacen es despotricar de su primer marido y contarme con pelos y señales lo funesto de su matrimonio, como si yo no tuviese bastante con las propias desgracias que sufrí en el mío. Luego se empeñan en lucir unos vestidos imposibles que no les corresponden ni por edad ni por figura y me cuesta Dios y ayuda convencerlas para que elijan algo más discreto y acorde con la situación. La cara de hijas e hijastras suele ser todo un poema, sobre todo si les toca hacer de damas de honor.
Hace dos días tuve que enfrentarme a un caso especialmente peliagudo en el que las madres de los futuros contrayentes empezaron a discutir por la tarta nupcial y les falto el canto de un duro para acabar rodando por el sueño, enganchadas de las greñas cual luchadoras sobre el barro. Al salir de allí me subí al coche y recorrí casi cuarenta kilómetros hasta llegar a un bosque cercano al pueblo donde nació mi padre. Me saqué los tacones y me puse unas botas de montaña que siempre llevo en el maletero. No casaban nada bien con mi traje de chaqueta, pero me daba igual. Anduve más de una hora por el monte y a medio camino me detuve a gritar hasta que la garganta me dolió y me quedé ronca. A la vuelta me sentía mucho mejor.
Abel me aconsejó hace ya tiempo ir al gimnasio y tomar clases de boxeo. Ni muerta. Eso es cansado, poco femenino, chabacano y se suda mucho. Además, me moriría de vergüenza. Ya me apaño con las caminatas y los gritos.

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