9 de marzo de 2016

DICE ABEL 16



Dice Abel que poco a poco tengo que ir aprendiendo a ser menos dependiente, tanto en lo emocional como en las cosas cotidianas. Me echa en cara que no sepa cambiar la rueda de un coche, por poner un ejemplo. Y yo, que estoy haciendo oposiciones a santa, no le envío a donde se merece, es decir, a la mierda. A ver, intentaré mantenerme fría y analizar la situación.
En honor a la verdad he de confesar que no sé cambiar la rueda de un coche, eso es verdad. Y no quiero aprender. Odio mancharme de grasa las manos y aunque aprendiese la técnica en la vida tendría la fuerza necesaria para apretar bien los tornillos o tuercas o lo que sea que demonios lleven las ruedas; con lo cual lo más probable es que me matase en la siguiente curva. Si se me pincha una rueda llamo a la grúa y un mecánico muy amable me la cambia. Punto. Igual que si tengo apendicitis voy al hospital; jamás se me ocurriría rajarme yo misma la tripa. Zapatero a tus zapatos.
Puede que sea emocionalmente dependiente. No lo sé, nunca me he parado a pensarlo. Como la mayoría de las personas aspiro a que alguien me quiera, a que escuchen mis problemas y poder ver una película con un hombre al lado que albergue vida inteligente en su cerebro y podamos comentarla y reírnos o no, dependiendo del tema. Y si luego la cosa termina en un rosario de orgasmos y placeres mutuos, pues miel sobre hojuelas. Si eso es ser emocionalmente dependiente, lo soy. Sin embargo nunca he tenido nada parecido y sigo viva. Salvo la presencia de Abel, he criado sola a mi hijo; su padre nunca se ha ocupado de ninguno de los dos. Nadie me ha dicho que me quería por encima de todo, ni me han regalado flores ni me han escrito poemas. Creo que el único hombre que me ha querido sin reservas ha sido mi padre. Y Abel, no puedo olvidarme de Abel. Aunque yo no lo veo realmente como un hombre, sino como una extensión de mi misma, tanto me conoce.
Y sobre ser independientes en la vida cotidiana, al memo de Abel se le ha olvidado que cuando se separó tuve que enseñarle todo, y cuando digo todo, es todo. Durante al menos dos meses le acompañaba semanalmente a la compra porque el imbécil se sentía perdido en el pasillo del detergente y le vendían siempre el pescado pasado y la carne con nervios, que luego no se hacía obra de ella para cocinar. No sabía poner ni una lavadora. La primera vez que lo hizo salió toda la ropa azul. Todavía tiene aquel calzoncillo que yo le llamo de los Pitufos. Válgame Dios, qué cosa más inútil de hombre. Y la plancha...mejor ni hablar. Algo aprendió conmigo, pero de vez en cuando todavía se le “olvidan” en mi casa algunas camisas o pantalones para que yo se las planche. Cuando lo hace él las prendas suelen terminar más arrugadas que el culo de un mandril octogenario, si es que esos animalitos llegan a tan provecta edad, que no lo sé.
Por no mencionar que es un desastre en organización. Pierde las llaves, se olvida de cargar la batería del móvil,no recuerda nunca las contraseñas y al final ha decidido dármelas a mi y me las pregunta cuando se olvida. No quiere anotarlas en sitio alguno porque teme que alguien fisgonee sus cosas. Y me las da a mi, el idiota. Un día de estos que me canse mucho con sus bobadas voy a usarlas y ya verá lo que vale un peine. No, con cosas de trabajo no, que eso es sagrado. Pero pienso fisgar si se trae algún rollete con una churri y como encuentre fotos o videos comprometidos...me haré de oro con el chantaje al que le pienso someter. Para que aprenda a no rematar la poca autoestima que me queda.

3 comentarios:

  1. Espectacular! Me he sentido retratado en el esposo inútil de la pobre mujer!

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  2. Ya ahora sabes quien es Abel. Aunque...quizá ni ellos mismos saben lo qud son

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  3. Ya ahora sabes quien es Abel. Aunque...quizá ni ellos mismos saben lo qud son

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