10 de marzo de 2016

DICE ABEL 17


Dice Abel que carezco por completo de tacto y no soy diplomática, además de canalizar mal mi ira.
Realmente no sé por qué no le remato de una buena vez con el canto de la plancha en la sien o no le corto la lengua para que se calle y deje de atormentarme.
Esto viene de que hace unos días discutí tanto con Pablo a la hora de la cena que el muy desgraciado metió cuatro cosas en una bolsa de deporte y se marchó a casa de su tito del alma; donde me imagino que me pondrían a caldo entre los dos.
Para más inri le tocaba tener el perro a Abel, con lo cual me quedé sin ninguno de los machos que suelen fastidiarme la vida a diario. Harían una fiesta de tíos los tres, me imagino. Espero que ese imbécil no les haya dado gin tonic ni al chico ni al perro.
Al día siguiente era sábado y tenía que traerme a Káiser. Le tocaban los quince días en casa de Mami. Llegaron ambos a las tres de la tarde, cuando el arroz con pollo que había preparado estaba ya más pasado que el NODO y yo cabreada como una mona. Al único que le hice fiestas fue al perro; al otro ni le miré, aunque lo que advertí de reojo me mostró que no había dormido mucho.
-¿Tú te has peinado esta mañana? Parece que traes un nido de pájaros encima de los hombros-le dije, muy satisfecha de su mal aspecto.
-No recuerdo siquiera si he desayunado, con lo cual no me preguntes por lo demás. Sólo sé que me di una ducha fría.
-¿Para adormecer los deseos de la carne?-me burlé.
-No me toques los cojones, Bebel. Para lograr despertarme. Ayer el niño me tuvo en vela hasta las cinco de la mañana. ¿Se puede saber que le has hecho? Vais a matarme a disgustos.
Se me quedó el cubierto a medio camino de la boca. Hasta el perro que estaba jugando en la alfombra con una de mis zapatillas levantó la cabeza y nos miró a los dos, presagiando la tormenta.
-¿Qué le he hecho yo?-barboté. Sois un par de imbéciles, mi hijo y tú. No seríais más parecidos si le hubieses engendrado tú. Yo no he hecho nada, más bien pregúntame que es lo que me hace él a mi todos los días.
-Dímelo tú. Creo que te quejas de vicio. Visto lo que hay fuera, Pablo es una joya.
-Si, un diamante. Pero en bruto. Necesita mucho pulimento.
Serví más vino para los dos y me preparé para la batalla. Convencer a Abel cuando ya había emitido un juicio previo no sería fácil.
-Ayer la bronca, porque fue una bronca monumental, fue por el mismo tema de siempre.
-Dinero.
-Exacto, dinero.
-Me contó que te había pedido dos mil euros.
-¿Te contó también para qué los quiere?
-No.
Me regocijé internamente de que fuese tan idiota y tan fácil de engañar.
-Sí estás pensando en dárselos tú, te lo prohíbo. Es más, como se los hayas dado te juro que te corto los huevos de cuajo y hago que te los comas, fritos con cebolla.
Hizo una mueca de asco, pero no contestó. Yo seguí blandiendo el hacha de guerra.
-A ese imbécil desagradecido se le ha ocurrido que quiere una moto y le faltan dos mil euros. Vamos, después del trabajo que he pasado con el embarazo, el parto y la crianza, le voy a dar dinero para que se nos mate en una moto.
Abel se ofreció a preparar café. Era la señal de que me daba la razón, y de que firmábamos la paz.

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