13 de marzo de 2016

DICE ABEL 19



Dice Abel que soy ciclotímica, que resulta insufrible soportar mis cambios de humor y que ahora que me llega la menopausia, todavía la cosa irá a peor; es lo que él se teme. Parece ser que no se puede estar en el mismo día en el cielo y en el infierno.
Él que demonios sabrá. No soy eso que dice. Tan sólo cáncer y por tanto algo lunática; y sobre todo me afectan demasiado las cosas. Creo que espero mucho del ser humano y cuando alguien me falla, me vengo abajo. Tampoco es que necesite una gran traición o algo dramático para sentirme mal. El día se me puede arruinar tan sólo porque la chica del kiosko que está enfrente de mi trabajo no me salude con buena cara. Sí, luego lo razono conmigo misma y me digo que lo más probable es que la pobre tenga un mal día y nada en mi contra. Pero el daño ya está hecho y yo ya me he pasado más de dos horas dándole vueltas al asunto en mi cabeza, como si fuese una batidora.
Y con Abel me ocurre lo mismo. Lo que pasa es que a él le pregunto directamente. Sí le llamo y no me contesta o si veo que ha leído un mensaje mío y no me manda otro pronto, o bien creo que le ha pasado algo terrible o que está enfadado. Y entonces, cuando se lo digo, es cuando de verdad se enfada. Quizá antes tan solo estaba ocupado o no tenía ganas de contestar, pero ahora se enfada porque me dice que soy muy infantil y muy controladora tanto con él como con Pablo.
Probablemente recuerda la primera vez que el chico salió solo con el coche. Hacía tan solo un mes que le habían dado el carnet de conducir y decidió ir con unos amigos a comer a un pueblo de montaña que queda a unos cincuenta kilómetros. Cuando dieron las doce de la noche y no había vuelto ni tampoco contestaba a mis llamadas emprendí el camino a la comisaría más cercana. Por suerte Abel vino detrás de mi, me agarró del brazo cuando salía del taxi y de un empujón me metió en su coche y me trajo de nuevo a casa.
Aprovechó el camino de vuelta para sermonearme acerca del mal hábito de la preocupación sin motivo. Puede que tuviese algo de razón porque al llegar a casa Pablo estaba cenando tan ricamente y al verme me montó una bronca por las veinte llamadas perdidas. Abel le secundó y por culpa de esos dos cerdos egoístas y egocéntricos terminé el día abrazada a la taza del wáter, vomitando de nervios y llorando a la vez. Y los muy asquerosos ni siquiera me preguntaron cómo estaba o si necesitaba ayuda. Me fui a la cama deseándoles que pillasen un herpes genital o unas buenas ladillas, pero luego lo pensé mejor y lo cambié por una gripe, que resulta algo menos comprometido. Me dormí rezando para que les llegase pronto y les durase una semana, al menos.

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