14 de marzo de 2016

DICE ABEL 20



Dice Abel que tengo que aprender a decir que no sin sentimiento de culpa. Puede que sí, aunque odio que esté todo el día diciéndome lo que tengo que hacer. Se me ha dado por pensar que me usa como conejillo de Indias para luego poner ideas en prácticas con sus tarados. Y le debe de dar buen resultado, porque yo soy el vivo reflejo de todos los traumas, síndromes y complejos.
También es cierto que me cuesta mucho decir que no. Lo fácil sería echarle la culpa a mi madre y a la educación recibida, pero no caeré en esa trampa. Soy así de tonta porque así he nacido. Por eso dejo que Virginia elija las fechas de sus vacaciones aunque a mi me venga fatal, y por eso cedo a tantos caprichos de mi hijo y he aguantado muchos años con su padre. Y también por eso soporto las excentricidades de Abel, que no sabe hacer la O con un canuto por más que en un papelucho diga que es psicólogo.
He descubierto hace ya tiempo que sin mi él sería poca cosa. Yo sin él...también, lo confieso. Ahora que nadie nos oye he de reconocer que somos dos seres mediocres y fracasados que por suerte nos tenemos el uno al otro y nos damos apoyo mutuo. Yo puedo despotricar mucho en su contra, pero la verdad es que mataría por él si fuese necesario. Me une con Abel un cordón invisible pero que nada ni nadie podría romper. Aunque le regaño mucho, y siempre me sobra razón, le quiero tanto que a veces me duele. Somos de la misma edad; él me saca cuatro meses. Y muchas veces cuando me acuesto y hago examen de conciencia, suelo rezar, a mi manera. Siempre pido lo mismo: que Dios proteja a mi hijo y le preserve de todo mal y me permita irme antes que Abel. No soportaría perderle, me quedaría vacía por completo, como si me hubiesen arrancado un miembro y como ese “miembro fantasma” me dolería aunque no estuviese. No sería capaz de abrir los ojos una mañana y saber que no está, aunque sólo sea para regañarle por ir como un Adán por la vida, por perder continuamente las llaves, por consentir tanto a Pablo o dar todos los caprichos a Káiser. Abel es el pilar de mi vida, a quien me aferro cuando todo va mal, el que mejor me conoce y ante quien puedo desnudar por completo mi alma. El cuerpo...ya lo ha visto en los peores momentos, cuando no podía mantenerme en pie por los efectos de la quimio y me ayudaba hasta a ducharme. No le quedan más miserias mías que ver, o al menos eso espero.
También es verdad que yo a él le he visto en instantes poco dignos. Lo extraño es que nunca le he dicho que le quiero, primero porque me da vergüenza y luego porque él ya lo sabe. Hay momentos en que pienso que debería decírselo, pero luego lo pienso despacio y se me pasa. Sobre todo cuando recuerdo lo estúpido y prepotente que puede llegar a ser; si se lo digo ya sería incapaz de hacer obra de él.
Hace más o menos un mes tuvimos una buena bronca y como siempre yo tenía toda la razón. No le gusta demasiado conducir y sólo saca el coche del garaje cuando es imprescindible. Prefiere ir caminando a todas partes. Y eso está bien. A ciertas edades el ejercicio físico es estupendo. Pero lo que ya no está tan bien es que en pleno invierno salga a la calle descamisado. Es tan despistado, además, que nunca lleva paraguas porque los va dejando por todas partes y se ha cansado de perderlos; con lo cual un día si y otro también termina hecho una sopa. Entre eso y que es fumador compulsivo, va enlazando catarros. La última vez que le ocurrió me presenté en su casa con un reconfortante caldo de pollo y toda la idea de cantarle las cuarenta. Acabamos discutiendo a gritos y me echó de su casa; lo cual considerando que tengo dos llaves es bastante patético. Se enfadó porque le regañé y le llamé inútil; él que dice que madurar es poder oír verdades sobre nuestros defectos sin que nos afecte más que para corregirlos. Ya se ve...consejos vendo y para mi no tengo.

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