16 de marzo de 2016

DICE ABEL 21


Dice Abel que soy una contradicción de pelo rojo y cuatro extremidades. Yo creo que todos, salvo los que tengan electroencefalograma plano, somos contradictorios en mayor o menor medida. Aunque acepto que yo un poco más. Y sé por qué me acusa de eso. Le parece raro que pueda ser tan controladora y estar siempre preocupada por Pablo y por él mismo y sin embargo cuando el niño era pequeño nunca fui de esas mamás obsesionadas por hervir los juguetes o porque mi niño no se cayese jugando.
Yo creo que una cantidad razonable de mugre, bacterias y demás bichitos administrados con sentido común durante la infancia ayudan a que los niños crezcan más sanos y se inmunicen ante muchas cosas; sobre todo ante la excesiva tontería. Y en cuanto a hacerse daño jugando, eso forma parte de la vida y así como es normal que los soldados sean heridos alguna vez, un niño que se precie de haber tenido infancia tiene que poder mostrar alguna cicatriz o sus amigos en el patio del colegio le harán de menos.
Recuerdo que cuando Pablo tenía tres o cuatro años una tarde de sábado le llevamos Abel y yo al parque. Olvido y Alberto estarían a sus cosas, como siempre. Los parques de entonces no estaban acolchados como los dos ahora, sino que había hierba y cemento, como así es natural y deseable que sea. Con tanta protección estamos criando una nueva generación de algodón de azúcar.
El caso es que el niño se cayó y se hizo una brecha en la barbilla. Decidí que había que llevarle a Urgencias para que valorasen si era necesario darle puntos. Yo estaba muy tranquila y Pablo también, hasta que se contagió del nerviosismo de Abel. Condujo todo el camino como un verdadero loco, saltándose los semáforos en rojo e increpando a los demás conductores. Tal parecía que llevase en el asiento trasero a una parturienta o a una persona en pleno infarto.
Pero ya lo mejor llegó cuando en la consulta del médico hubo que suturar la herida. En cuanto vio la aguja Abel se mareó y si no lo sujeto se cae redondo al suelo, como la nenaza que es. Así que en lugar de quedarme con mi hijo, tuve que salir al pasillo con ese descerebrado y tratar de reanimarle. Si no hubiese gente por allí le hubiese pegado un par de bofetadas, a ver si se hacía hombre de una buena vez.
Pero todavía Dios no me había puesto lo suficientemente a prueba aquella tarde. Mi hijo salió muy ufano de la mano de una enfermera y fue directo hacia Abel mientras el médico me pedía que pasase a su despacho. Me quedé de piedra con lo que me dijo.
-Tiene usted un hijo muy imaginativo, y valiente.
Le miré, interrogante. Temía lo que ese demonio de niño podía haber dicho pero ni en mil años imaginaría lo que el doctor me contó.
-Menos mal que se ve claramente que la herida se la produjo en una caída, porque el angelito nos ha dicho que su madre le había cortado con un cuchillo.
Salí de allí dando gracias de no dormir aquella noche en el calabozo y de que el tunante de mi hijo no terminase en un hogar de acogida de menores. Para más inri, cuando se lo conté al memo de Abel , se puso a analizar la situación y concluyó dictaminando que la culpa era mía. Yo era demasiado agresiva en mis actitudes y contagiaba a mi hijo.
Empecé a recitar mentalmente la lista de los reyes godos para calmarme, porque lo que me nacía de dentro era molerles a palos a los dos.

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