18 de marzo de 2016

DICE ABEL 22



Dice Abel que solo entiende que habiendo yo estudiado Historia del Arte me dedique ahora a este negocio por el afán tan enorme que tengo de controlarlo todo.
Creo que no tiene razón, aunque confieso que si me gusta tenerlo todo bajo control, pero el caso es que me dedico a organizar eventos porque lo otro sólo me daba para morirme de hambre. Es una carrera muy bonita y muy útil cuando viajas porque donde el común de los mortales solo ve un montón de piedras yo puedo ver bastante más. Pero lo cierto es que para vivir, al menos a mi no me ha servido.
En los primeros años de casada, y dado que Pablo llegó pronto, me quedé en casa, cuidando del niño y soportando los caprichos de Alberto, mal rayo le parta por majadero y malcriado. No lamento haber podido dedicarme a mi hijo durante esos años porque nunca pasé las angustias de muchas madres al tener que dejar en la guardería a un bebé de pocos meses.
Yo pude disfrutar de mi hijo, y también sufrir. Que no todo son mieles en la maternidad, y quien diga eso, miente. No es nada sencillo ser madre porque se trata de un trabajo a tiempo completo en donde no hay vacaciones, ni fines de semana, ni se pueden tomar bajas por depresión y menos escaquearse del trabajo. Hay que estar con los cinco sentidos y las veinticuatro horas del día. Todo eso y algo más es ser madre.
Este trabajo de ahora surgió más tarde, cuando el niño tenía ocho o nueve años. Se me ocurrió poner en marcha el negocio porque mis amigas siempre me pedían consejo sobre temas de organización. Y aunque a veces todo me supera, he de confesar que la mayor parte del tiempo disfruto.
Y sin embargo, no se trata de una tarea fácil. Sin ir más lejos, hace dos meses a punto estuvimos de terminar en comisaría. Abel estaba conmigo y no daba crédito a lo que veía. Suelo hacer, unas semanas antes de la boda, una degustación de un par de menús para que los novios y sus familiares más allegados elijan el que más les guste. Así me evito luego sorpresas de última hora y los reproches consabidos, aunque ni siquiera esto evita que en ocasiones los haya.
En este caso se trataba de una segunda boda; es decir, los novios provenían ya de otras relaciones y tenían una cierta edad, rondando los cincuenta. Acudieron a degustar el catering la madre del novio, recién llegada de Barcelona, un hijo muy engominado y estirado con su esposa y una hija de la novia con cara de resignación y aburrimiento. Lo típico con lo que lidiar en estos casos.
Pero me preocupó la cara de Amelia, la novia, nada más llegar. La encontré nerviosa, con rastros de haber llorado; y nada más verme me agarró del brazo y me dijo al oído que iba a ser una tarde divertida y sorprendente. La verdad es que odio las sorpresas, a menos que las de yo, porque entonces para mi ya no son sorpresas.
Se sentaron y fueron probando los distintos platos. Amelia estaba muy irónica con todo el mundo, pero sobre todo con Pau, su novio. No dejaba de lanzarle sátiras y miradas cargadas de inquina. Desde mi rinconcito yo lo veía todo y sentía como se mascaba la tragedia. Abel me decía con la mirada que también pensaba lo mismo.
Cuando ya estábamos con la degustación de los postres Pau no aguantó más tanta tensión y en voz baja, aunque yo le oí perfectamente, le preguntó a su futura esposa qué le pasaba para estar tan picajosa. Y ella, ni corta ni perezosa, le estampó un trozo de tarta en la cara.
-¡Virgen de la Moreneta!-susurró la suegra, aunque creo que ni la intercesión divina fuese a calmar la situación.
El hijo del agredido y su esposa se quedaron lívidos y sin poder articular palabra. Sólo la hija de Amelia siguió comiendo, con lo cual deduje que este comportamiento no debía ser del todo inusual en su madre.
—¿Te has vuelto loca?-le reprochó él.
—Ah, no, guapito de cara. Esa es siempre la solución fácil, decirnos a las mujeres que hemos enloquecido. Esto es para que aprendas que a mi no me puedes empezar a ningunear ya antes de casarnos.
—No sé de qué me hablas-protestó él, intentado limpiarse la cara, la camisa y las solapas de la chaqueta.
—Ayer te envié a lo largo del día cinco whatsapps. Sé que los has leído, porque he visto las dos rayitas azules. Y no me has contestado a ninguno-le acusó, alzando más la voz y lanzando rayos con la mirada. Sí ya ahora me tratas así, ¿Qué puedo esperar cuando hayan pasado cinco o seis años?
La discusión siguió un rato en el mismo tono, con Amelia acusando y el pobre Pau tratando infructuosamente de defenderse como buenamente podía, y todos los demás fingiendo que aquello era normal.
Yo ya preveía, como en los conflictos internacionales, la ruptura de negociaciones y una inminente declaración de guerra, cuando, para mi asombro, se dieron un apasionado beso en el que se debieron de examinar mutuamente las anginas, y todo quedó arreglado.
Al salir de allí nos fuimos a tomar una copa Abel y yo. Él estaba tan anonadado que no era capaz de emitir un juicio. Y yo aproveché la ocasión.
—Para que luego digas que yo soy una chalada insoportable. Comparada con esa mujer soy un modelo de cordura.
—Puedes jurarlo-asintió, dándole un buen tiento al gin tonic.

2 comentarios:

  1. jajaja. Me recordó a la última historia de Relatos salvajes.

    ResponderEliminar
  2. Hay que reconocer que les pasan cosas muy raras. Gracias por leer Javier

    ResponderEliminar