23 de marzo de 2016

DICE ABEL 23



Dice Abel que soy una desordenada, tan sólo porque no encontró al momento un libro que me había prestado el mes pasado y que necesitaba para consultar unos datos. Finalmente resultó que lo tenía en un bolso enorme en donde suelo cargar con el portátil cuando hago algún viaje. Y dio la casualidad de que había tenido que acercarme a Astorga por motivos de trabajo, me llevé el libro y allí se quedó.
Cuando lo encontré se lo tiré a la cara, para que se callase la boca de una buena vez.
Lo cierto es que hace falta ser muy sinvergüenza para acusarme a mi de desordenada cuando él no pierde esa cabeza de chorlito que tiene porque la lleva pegada a los hombros. Aunque francamente, para lo que le sirve...daría igual que la perdiese.
Me he cansado de comprarle guantes porque todos los extravía, o los despareja, que casi es peor. Así que ahora en invierno, tiene sabañones. Pues que se joda, me da igual que le duelan, aunque lo peor es que no deja de quejarse y estoy harta de oírle y de ponerle cremas, con lo cual termino claudicando y cuando empezaron las rebajas le compré diez pares. A ver lo que le duran.
Otra costumbre nefasta que tiene es llevarse cosas de mi casa sin decirme nada. Y no es que sea cleptómano, es que simplemente se olvida. Saca un libro de la estantería, o se lleva el azúcar moreno porque se le ha terminado, o se mete en el bolsillo los paquetes de galletas de chocolate que compro tan solo para él y para Pablo. Pero no me avisa, con lo cual luego tengo que ir revisando mis provisiones a cada paso para no quedarme sin nada. Y yo me callo y no le hago reproches. O al menos no muchos, porque sé que no cambiará. En todo caso, a peor.
Cuando salimos de vacaciones es una tortura. Antes, cuando nos íbamos cerca solíamos llevar el coche, el suyo o el mío. Ahora he desistido, a menos que nos acompañe Pablo, que siempre quiere hacer de chófer. El muy ladino de Abel me engañaba. Me prometía que nos turnaríamos al volante y luego siempre me tocaba a mi conducir. Le dolía la cabeza, le gustaba mucho el paisaje, ergo quería hacer fotos, no quería buscar aparcamiento ni soportar atascos, que para eso estaba de vacaciones…
¿Y yo? ¿Acaso yo no necesitaba paz y tranquilidad? Ahora siempre vamos en avión, tren o incluso en autobús, depende del destino y la distancia. Luego si queremos alquilamos un coche. Y en ese caso conduce él, yo creo que es tan solo para poner el contrato de alquiler a su nombre, ser el macho alfa y coquetear con las chicas de la empresa de alquiler de coches, que parecen siempre modelos recién salidas de la pasarela.
Y mi tonto Abel se pone delante de ellas como un gallito de pelea en un gallinero. Hasta se preocupa de llevar las greñas bien peinadas. Yo me quedo detrás, entre bambalinas, burlándome en silencio de su patetismo de viejo verde con niñatas a las que saca mucho más de veinte años. Y también, siendo sincera, me siento algo celosa y ninguneada. Les lanza piropos estúpidos y a mi ni me mira aunque haya ido a la peluquería o lleve un vestido nuevo. Creo que si un día saliese a la calle desnuda ni se daría cuenta.
Una cosa es que a mi Abel no me diga nada en temas sexuales y otra muy distinta que sea invisible. Yo me fijo en cada cosa nueva que se pone, aunque sea para criticar si no le he asesorado yo en la compra.
Y con esas vainas ya empezamos las vacaciones discutiendo a todo trapo. No sé ni cómo seguimos planeando viajes juntos. Para mi que los dos tenemos una vena masoca que nos proporciona la adrenalina suficiente para seguir vivos.

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