31 de marzo de 2016

DICE ABEL 25


Dice Abel que soy como el bambú, flexible pero fuerte. Y le da un término de Psicología que ahora mismo la verdad es que no recuerdo. A veces habla muy raro y no quiero gastar mis neuronas con sus bobadas. Con todo, es de las pocas cosas agradables que me ha dicho. Siempre me está criticando, y cuando se lo reprocho me contesta sin empacho alguno que eso es porque me quiere, y que además no es a mi a quien critica, sino mis actitudes.
Para mi sigue siendo lo mismo. Yo soy mis actitudes, y ya le he explicado muchas veces que ni puedo ni quiero cambiar. El, que es tan guapo y tan listo, como en la canción, y a su entender tan buen Psicólogo, bien podría entender que es importante aceptarse a uno mismo.
Y yo desde hace unos cuantos años, no muchos, vivo con mi propia persona en un agradable armisticio. Ya no me flagelo, o no demasiado, por mis incoherencias y mis tonterías. He aprendido con dolor, como se aprende casi todo en la vida, que soy profundamente lunática y que bajo del cielo al infierno con más rapidez que un cohete espacial. ¿O ya no se llaman así esas cosas que mandan al espacio?
También he aceptado que padezco el mal de ir haciendo de madre a todo el mundo. A mi hijo, por supuesto, es normal. También lo es que lo haga con mi madre; hemos llegado al punto en que se están invirtiendo los papeles e irá en aumento a medida que ella envejezca. También con Abel ejerzo de madre protectora, haciéndole platos que le gustan, cuidando de qué ropa se pone o de que no se acatarre en invierno. Pero es que he llegado a hacerlo hasta con Virginia, la chica que trabaja conmigo desde hace cuatro años. Le llevo calditos cuando tiene gripe, le he limpiado la casa cuando se hizo un esguince en el tobillo, me preocupo si llega a trabajar con ojeras, señal de que no ha descansado...Hasta me la traje a dormir a mi casa cuando la dejó el cabronazo de su novio. Sé que esa primera noche es horrible y no es bueno estar sola. Nos pusimos los pijamas de franela y nos acomodamos en el sofá con una manta y Káiser en medio, además de una caja de bombones de licor, una botella de cava y un surtido de pañuelos de papel. Vimos, de una atacada, “Los puentes de Madison” y “Memorias de África”. Lloramos las dos hasta tener los ojos como patatas y la garganta ronca.
Yo es que para llorar...Meryl Streep. No sé qué tiene esta mujer y su manera de interpretar que a mi me revuelve todos los sentimientos por dentro. Y que mala suerte la de sus personajes. La baronesa Karen Blixen con un marido horrible que le pegó una sífilis y luego el de los leones, que no era nada del otro jueves en eso de hacer feliz a una mujer. Y la pobre americana, con un marido aburrido y gañán y cuando llega el periodista valiente y guapo, le deja escapar. Qué mema. SI fuese yo le encerraría bajo siete llaves y mandaría al marido a freír churros a un camping.
Esa es otra cosa que Abel me recrimina; que soy una fantasiosa y vivo profundamente las cosas que les pasan a los personajes de novelas o películas. Pues si. ¿Y qué? A menudo la vida real es una porquería tan grande que para evadirse de ella hace falta una buena dosis de irrealidad. Y yo prefiero buscarla en esos personajes que en una botella de brandy o en una raya de coca, o en esas pastillas que circulan ahora por los antros juveniles, de las que sé poco pero rezo cada día para que Pablo también sepa poco, o nada. O que lo sepa todo, se asuste, y nunca le de por consumir esas marranadas.

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