28 de marzo de 2016

MIEDO






Hay días en los que tengo miedo.
Un miedo indefinido, que no
sé cómo nombrar, ni tampoco
a que ha venido.

Pero se me asienta en el
pecho, me atrapa en sus garras
y reptando como una serpiente
se me asienta en la garganta.

Me hace ser vulnerable,
se ríe de mi,
se esconde un rato
y vuelve de nuevo
a burlarse en mi cara,
a saber lo qué pienso.

Me retuerce con saña
las manos, y dejan de
ser manos acariciadas
para convertirse en dolor
quizá por cosas pasadas,
o presentes, o futuras,
pero siempre cosas malas.

Se ha instalado
como un vecino maldito,
como un inquilino
que no paga,
como el invitado
que no lo ha sido.

Y no sé cómo echarle,
qué decirle, cómo
atacarle.

Me quedo aletargada,
me hago un ovillo,
pegada a mi misma,
viendo lo que pasa
sin tomar parte en nada.

Sólo espero a que
amanezca otro día,
con sol y con luz,
día de alegría,
y que el miedo se
vaya, que abandone
mi pecho y en otro
árbol se busque su rama.

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