5 de abril de 2016

DICE ABEL 26



Dice Abel que hay días en que siente que le fagocito. Es de un pedante este hombre que da asco. ¿Qué le fagocito? Será desagradecido y cafre...Juro que cuando le escuché me tuve que agarrar con todas mis fuerzas a los bordes de la mesa para no levantarme y partirle la cafetera en la cabeza. Encima de que me preocupo por él y le insisto para que se abrigue, para que no salga sin paraguas cuando llueve y que no tome mucho café porque luego le sienta mal al estómago.
Me pareció tan mal su salida de tono que me largué de casa y allí le dejé, con Pablo y con Káiser, que no dudo de que le darán a él la razón. Estoy harta de vivir con tres machos egoístas y pretenciosos. Bueno, Abel no vive en mi casa oficialmente, pero pasa más tiempo en ella que en la suya propia.
Llegué a mi oficina en busca de un poco de paz y soledad y me la encontré como si fuese Lurdes en día de peregrinación. Virginia salió a mi encuentro con cara de circunstancias.
—¿Qué diablos pasa aquí? ¿Quién es toda esta caterva de gente?
—Han entrado como una tromba y no he sido capaz de deshacerme de ellos-me dijo, retorciéndose las manos de pura desesperación.
Se le había pegado el pelo a la cara. Virginia tiene una preciosa melena negra pero cuando se pone nerviosa el cabello se le llena de grasa de repente y se le apelmaza como si llevase semanas sin ver el agua. Este era uno de esos momentos.
—A ver, cálmate. Yo me hago cargo. Pero dime al menos quienes son.
—Los Campos. ¿Recuerdas que habían hablado contigo hace un mes pero que no dejaron nada claro?
Lo recordaba perfectamente. Se trataba de una pareja de mi edad que habían estado casados veinticinco años y precisamente el día que les preparé la fiesta de sus bodas de plata, en plena celebración abrieron la caja de Pandora y empezaron a tirarse los trastos a la cabeza. Dos meses después iniciaban los trámites del divorcio y ahora que habían pasado dos meses estaban descubriendo que no podían vivir el uno sin el otro y querían casarse de nuevo. Y aquí estaban, escoltados por su numerosa prole de seis hijos, algunos de ellos con sus respectivas parejas, hermanos y cuñados de ambos, y las dos suegras, a cada cual peor, por cierto. Me palmeé las mejillas en un intento de buscar serenidad e intenté visualizar un campo lleno de flores, tal y como el memo de Abel me enseñó.
—Buenas tardes-les saludé con una voz que intenté que pareciese alegre y cordial. Es un placer tenerles aquí pero entenderán que esta oficina es muy pequeña y quedamos un poco apretados. Les sugiero que se queden los novios y los dos hijos mayores en representación de sus hermanos. Como hoy solo veremos detalles generales luego ya en su casa pueden discutirlo entre ustedes.
Supongo que mi capacidad de convencer a la gente es mayor de la que creo, porque me hicieron caso y la reunión de una hora fue provechosa y sin problemas.
De vuelta a casa me encontré allí a Abel, que tuvo la desfachatez de invitarse a cenar. Mientras le servía la sopa le miré con inquina pero me cuidé de decirle nada. Si le dirigía la palabra temía las cosas terribles que pudiese soltar. Fue él quien habló, con bien poca vergüenza.
—Tendremos que trabajar mucho más lo de ese rencor que te amarga la vida, Bebel. Además de que no tienes capacidad alguna de encarar las críticas. Por cierto-siguió sin hacer caso de mi ceño fruncido-la sopa está de muerte. Me llevaré la que quede en un tupper para mañana.
¿Qué podría hacer yo con este hombre, aparte de filetes?

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