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DICE ABEL 28




Dice Abel que no sé guardar un secreto, que me vuelvo loca por el cotilleo. Es una mentira cochina y aun diría más, una calumnia. Confunde el culo con las témporas. A mi me me gusta cuando voy a la peluquería, leer el Hola y alegrarme de que la Preysler, como yo y como toda hija de vecina, tenga brazos de murciélago cuando no le hacen el bendito photoshop...es decir, que le cuelgan las mollejas de los brazos. Eso me hace reconciliarme con mi naciente decrepitud y sobre todo creer de nuevo en Dios y en la Justicia, la Divina más que nada. De la otra mejor no digo lo que pienso.
Pero a eso se reducen mis ansias de cotilleo. Yo no espío a mis vecinos, que bastante poco me importa su patética vida, tan parecida a la mía, luchando por estar bien y por llegar a fin de mes.
Y soy muy buena guardando secretos. Él debería saberlo, puesto que le guardo unos cuantos, a cada cual más vergonzante.
Y desde hace dos días guardo otro secreto, y también para Abel, a quien hasta ahora se lo había contado todo. Pero esto no he sido capaz.
El martes por la mañana, antes de salir a trabajar, me llegó un ramo con quince rosas rojas. Sin tarjeta. Tengo que confesar que a mi nunca nadie me ha regalado flores. Y menos de manera anónima. Si no fuera porque Alberto es un gilipollas y porque son rosas y no violetas, hubiese recordado la canción de Cecilia. Pero no, el único marido que he tenido, ahora ex marido, es incapaz de ese gesto. Antes pensaría que es Káiser quien me las envía.
Me quedé tan asombrada que no fui capaz de reaccionar. Pero ahí no se acabaron las sorpresas. Cuando llegué a la oficina seguí la rutina de costumbre: saludar a Virginia, tomar juntas el primer café y revisar mi correo. Siempre hago lo mismo.
Entre todos los mensajes había uno de un remitente desconocido, pero tampoco me llamó la atención. Muchos de mis nuevos clientes contactan conmigo por mail y nunca conozco su correo la primera vez.
Sin embargo esto no era nada relativo al trabajo. Al parecer era de la misma persona que me envió las rosas. Firmaba con las iniciales B. A. No tenía ni tengo la más remota idea de quien puede ser. Pero parece conocerme bien. Me ha descrito con todo lujo de detalles como iba vestida ayer. Le faltó detallar el color de las bragas. Si lo hiciese me daría un infarto fulminante. La verdad, no sé si morirme de miedo porque es probable que se trate de un psicópata que me corte en trozos y me arroje a un contenedor de basura o sentirme halagada porque he enamorado a un caballero andante.
Pero cuando regreso a la Tierra pienso qué clase de chalado puede enamorarse de mi. Así que sólo me queda la primera opción. Puede que sea uno de los locos de Abel. Sea como sea, no se lo puedo contar. Se preocuparía. Y le quiero demasiado para pensar que sacrifique por mi horas de sueño. Ya me apañaré con mi psicópata, y que sea lo que Dios quiera. Por si las moscas, he pedido cita en el notario. Quiero cambiar mi testamento.

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