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DICE ABEL 29



Dice Abel que padezco el síndrome de las gafas de sol. No es ningún síndrome, se lo ha inventado él porque le gusta mucho hacerse el listillo conmigo y restregarme que es un estupendo psicólogo. La verdad, tengo mis dudas. No sé cómo una persona tan contradictoria y llena de taras como él podrá ayudar a otros, pero en fin...los caminos del Señor son inescrutables.
Y aunque no sea un síndrome si que he de darle la razón en que lo padezco. No soy capaz de salir a la calle sin mis gafas de sol, aunque el día sea más negro que el Infierno. Poco tiene que ver con la luz ni con el sol, sino con que necesito parapetarme detrás de unas gafas oscuras para poder mirar al mundo de tú a tú. No quiero que la gente me mire a los ojos, al menos los desconocidos. Hay ocasiones en que no me queda otro remedio, como cuando tengo que conocer a nuevos clientes. Pero esto es muy distinto porque en mi trabajo me siento segura. Sé lo que hago y también que aunque cometo errores en general soy muy buena en mi campo. Es en las otras relaciones en las que tengo miedo. No quiero que nadie me haga daño, y sé que si ven mis ojos algunas personas podrán ver también que soy muy frágil y entonces decidirán hacerme pedazos. No sé si luego habrá pegamento suficiente para recomponerme.
Abel lo sabe. Como sabe que eso es una consecuencia más de mi largo matrimonio con Alberto. Fueron muchos los años dedicados a hacerme creer que sin él yo no sería nadie. Ya le he demostrado largamente que estaba equivocado, pero quizá mi asignatura pendiente ahora es creerlo yo misma. Eso es algo más complicado.
Quizá por eso ahora estoy tan asustada con las flores, con el primero correo recibido y con otro nuevo que me ha llegado hoy. En este me envía un poema de Neruda. Cómo sabe él que es mi poeta favorito es algo que me llena de incertidumbre.
Por una parte me siento halagada puesto que ya no tengo ni veinte ni treinta años y las mujeres de mi edad solemos hacernos invisibles. No es normal que recibamos muestras de admiración, más bien de total indiferencia. Pero por otra parte no sé cómo manejar la situación, y no quiero contárselo a Abel. Esto por muchos motivos: no quiero que se preocupe, me da cierto pudor porque temo que se burle de mi; pero sobre todo y aunque sea algo irracional, en cierta manera siento que le estoy traicionando. Cuando pienso en lo complicada que soy me dan ganas de profesar como carmelita descalza.

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