16 de abril de 2016

DICE ABEL 31



Dice Abel que soy una controladora y una agonías. Yo creo que no, aunque ahora que no nos oye nadie, igual en esto tiene algo de razón.
Lo de controladora lo dice por una bronca monumental que tuvimos a raíz de una conferencia suya. Cuando eso sucede yo le elijo la ropa y él no discute. Pero en esa ocasión yo regresaba de un viaje de trabajo con el tiempo justo de acudir al evento. Y...horror de horrores, me encuentro encaramado al estrado a un Abel con el pelo más alborotado que de costumbre, la barba sin arreglar, americana, vaqueros muy pero que muy deslucidos y...zapatillas deportivas. Me quise morir allí mismo pero más todavía matarle a él poquito a poco, sintiendo como agonizaba lentamente. ¿Cómo podía hacerme esto a mi después de todo el tiempo que había empleado en enseñarle como presentarse dignamente? Nada más acabar la conferencia, brillante por cierto, le tomé del brazo y le arrastré a una esquina del local, en donde le leí la cartilla de la A a la Z. Y luego, ya en mi casa, no llegamos a las manos de milagro. Lo evitó Káiser, que empezó a aullar lastimeramente, porque si no le arranco los huevos de cuajo y los frío, en aceite de oliva, eso sí.
Y lo de agonías lo dice porque no puedo evitar preocuparme en demasía por los míos. En una ocasión en que se marchaba de viaje a Roma por trabajo, se olvidó de conectar el móvil al llegar y estuve tres días sin saber de él. Revolví Roma con Santiago, nunca mejor dicho, y llamé a todos los hospitales. Para colmo no me había dicho en qué hotel se alojaba. Cuando, al cuarto día, se dignó a encender el móvil y se encontró con cuarenta llamadas perdidas, y no es una frase, amén de tropecientos whatsapps, no se atrevió a llamarme. Pero no se fue de rositas. Cuando le fui a recoger al aeropuerto no le dirigí la palabra hasta que entramos en el coche. Y allí me despaché a gusto. Le llamé de todo; pero en cinco minutos me eché a llorar como la imbécil que soy y le llené la camisa de mocos y babas. Terminamos abrazados como dos gilipollas. Algo muy malo debo de haber hecho en otra vida para haber merecido en esta que me haya tocado Abel. ¡Qué castigo de hombre Dios mío! Pero...cuánto le quiero.

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