28 de abril de 2016

DICE ABEL 32



Dice Abel que debo aprender a manejar mejor mis emociones y no permitir que ellas me manejen a mi. Claro, esa frase, dicha así, suena muy bien y a libro de auto ayuda. Pero no es tan sencillo. Las emociones son como la gripe; uno no la busca, pero llega y te deja una semana fuera de combate. Solo queda esperar con paciencia a que se cure.
La verdad es que soy de las que lloran con una película, un libro o un poema, y luego ante cosas verdaderamente graves me quedo totalmente bloqueada y quien me vea desde fuera pensará que soy un bloque de granito. Nada más lejos de la realidad.
También dice Abel que soy la más borde entre las bordes cuando estoy de mal humor, y que no me doy cuenta de cómo puedo herir a la gente. Pues entonces supongo que él tampoco se dará cuenta de cómo me hiere a mi haciendo esta afirmación. Porque además, y como de costumbre, no tiene razón alguna.
Esto viene de que hace un par de días él presenció una conversación telefónica que mantuve con una tele operadora. Que ya sé que tienen que ganarse la vida y que ellas no tienen culpa de nada y cumplen órdenes y consignas y todo eso. Sé todo eso y mucho más. Pero también sé que mi paciencia no es infinita y cuando debo terminar un trabajo y no puedo hacerlo por cosas incontrolables para mi...sale el animal que llevo dentro, que debe de ser algo así como una hidra de muchas, pero que muchas cabezas.
Tenía un problema de electricidad en la oficina y por tanto a varios operarios trabajando para solucionarlo cuanto antes, así que decidí mandar a Virginia a casa, porque allí no podíamos estar, y yo me traje a la mía el trabajo que podía sacar adelante desde aquí.
Estaba contenta porque en el silencio de mi solitaria casa y con Káiser a mis pies mordisqueando una de mis viejas zapatillas, iba sacándome de encima cosas que llevaban mucho tiempo en mi bandeja de entrada.
Pero como la ley de Murphy es infalible y siempre hace acto de presencia, me quedé sin línea de teléfono y también sin conexión a internet.
Armada de paciencia y con un café en la mano para animarme, llamé a la compañía de teléfono desde mi móvil y me colocaron una musiquilla molesta mientras iba siguiendo los pasos que me marcaba una voz femenina enlatada. Cuando ya me pidieron que marcase el número de la línea afectada pensé que por fin iba poder hablar con alguien de carne y hueso, pero horror...la misma voz enlatada me informó de que mi línea estaba afectada de un problema y que lo subsanarían a la mayor brevedad posible.
Abel llegó justo en el momento en que yo empezaba a jurar en arameo y Káiser, inteligentemente, había corrido a esconderse bajo la mesa, por si la sangre llegaba al río.
Entonces se me ocurrió una argucia, porque he de decir que mi maldad se acrecienta a medida que me enfado. Cuando me tocó dar el número dije el de Abel y añadí que llamaba para hacer una reclamación en cuanto a la última factura. Me atendió, esta vez sí, una señorita a la que de entrada pedí perdón por la mentira y a quien le resumí brevemente mi problema. Y ella, muy digna, me dijo que me entendía, pero que no me podía solucionar nada, tan solo pasarme con el departamento de averías, en donde tendría lugar el mismo proceso que antes.
Cuando al final de la perorata me preguntó si podía hacer algo más por mi no pude reprimir mi enfado y la verdad es que no anduve muy fina con la contestación.
—No lo creo, señorita, porque yo lo que quería era hablar con un ente humano, y que albergase vida inteligente, lo cual me temo que a todas luces no he conseguido.
Abel lo escuchó y se quedó mirándome boquiabierto para luego soltarme la gran falacia de que soy una borde. Mentira...soy un encanto, pero el gremio de las tele operadoras saca lo peor de mi.

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