25 de mayo de 2016

DESTINO COIMBRA 1






Le entregaron la carta bien entrada la mañana, cuando empezaba a limpiar los cristales de la cocina.
Su madre fue quien se la dio, explicándole que se había encontrado con el cartero al volver de la tienda.
—Espero que sean las noticias que esperabas. Al menos viene de Portugal-le dijo su madre, al dársela.
Andrea no contestó; se limitó a darle las gracias y a guardarse el sobre en el bolsillo trasero de sus tejanos.
-¿No la abres?
-Después, Mamá. Cuando termine de limpiar los cristales la abriré, mientras me tomo un café.
La madre se dio la vuelta, resoplando de indignación. No podía con aquella hija de apariencia tranquila, pero que siempre hacía lo que le daba la real gana y jamás daba su brazo a torcer. Si al menos se pareciese a su hermana mayor, ella estaría más acompañada. Pero Andrea siempre había sido como su padre; un espíritu libre, soñadora, independiente y muy callada. Desde pequeña había tenido un comportamiento muy diferente al de las demás niñas; y ahora, a los veinticuatro años, seguía siendo igual. Hacía lo que le apetecía en cada momento, sin seguir consejos ni atender a razones; aunque la verdad era que resultaba difícil enfadarse con ella, pues todo lo hacía con una sonrisa en los labios.
Nadie diría al verla limpiar metódicamente las ventanas que daban al patio interior, lleno de rojos geranios y adelfas, que Andrea Duval estaba esperando una importante noticia, que podía cambiar su vida y su porvenir; y que esa noticia estaba escondida dentro de un sobre en el bolsillo trasero de sus pantalones. Sabía mantenerse tranquila aún en los peores momentos. Ni siquiera cuando llegó la noticia de que su padre había tenido un accidente en la fábrica y le estaban operando a vida o muerte, perdió los nervios. Apenas tenía entonces quince años; pero fue ella quien se puso al frente de la familia y se encargó de todo. Su madre no atinaba a dejar de llorar, y su hermana Marcela, a punto de dar a luz a su primer hijo, se había quedado como alelada. Su cuñado sólo se ocupaba de lo que atañía a su propia familia, así que fue Andrea quien tomó las riendas de la situación.
Cuando los cristales estuvieron brillantes Andrea se permitió detenerse a preparar un café, y se sentó a la mesa de la cocina, con la superficie de madera desgastada de tantos desayunos y meriendas. Bebió un poco de café mientras abría el sobre. Era de la Universidad de Coimbra, y se comunicaba a la señorita Andrea Duval que le había sido concedida una beca de investigación para su tesis sobre los puntos comunes y las diferencias entre el franquismo y el salazarismo. Conllevaba la obligación de dar quince horas de clase semanalmente como profesora ayudante. El montante de la beca no era demasiado alto y pensó que tendría que hacer muchas economías para salir adelante. Afortunadamente, tenía algo de dinero ahorrado de su último trabajo de verano, y cuando estuviese allí vería la manera de conseguir algún ingreso extra. Ella era animosa y nunca pensaba en problemas futuros. Enfrentaba cada contratiempo en el momento en que éste llegaba a su vida.
Todo esto lo iba recordando Andrea mientras se adormilaba con el renqueante traqueteo del tren que la llevaba al que sería su destino durante al menos los dos años siguientes.

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