6 de mayo de 2016

DICE ABEL 34






Dice Abel que se conoce a una persona en gran parte por sus lecturas. Y yo estoy bastante de acuerdo, aunque con salvedades. Quiero decir que uno no lee el mismo tipo de libros a lo largo de toda su vida. Como en todo, también en el tema de la lectura la gente va evolucionando, con la edad y debido a las circunstancias que la vida le va regalando.
Él me critica mucho porque entre los veinte y los treinta años mi autor de cabecera era Stephen King, al que ahora detesto. Vale, es cierto que no se trata de un autor que sea un prodigio en Literatura, lo reconozco. Pero también es verdad que al mismo tiempo que a él leía a Tolstoi, Chejov o poesía de Machado, Neruda o Rubén Dario.
Lo de Stephen King era una especie de válvula de escape a mi vida de entonces, en la que tenía que reprimir muchas de mis emociones y dejar de ser, al menos delante de los demás, yo misma. Así que lo más fácil era, cuando llegaba la última hora de la tarde o primera de la noche, después de bañar y acostar a Pablo, sumergirme en la negrura de unos personajes horribles que se cargaban a toda su familia o vivían rodeados de monstruos o se volvían locos y se transformaban en asesinos en serie. Simplemente tenía ganas de evadirme de la vida real y cotidiana y la manera más sencilla era mediante esos libros de terror de muy discutido valor literario. No es verdad, como dice Abel, que estuviese deseando matar a Alberto.
También dice que lo normal para evadirme hubiese sido leer novelitas románticas. Pero no sé yo en qué manual de las buenas costumbres y la normalidad se establece esa premisa. Y además, yo no quiero ser normal; es una cualidad que está muy sobrevalorada. Me gusta adornar mi vida con un cierto grado de locura. Como cuando voy paseando con Abel y encontramos un parque infantil; entonces yo me lanzo como una posesa gritando por el primero tobogán que encuentro, y él echa a andar, fingiendo que no me conoce de nada y sin que le llegue la camisa al cuerpo de la vergüenza que siente.
Pero poco a poco, que todos tenemos nuestras historias. Yo sé que él lee noveluchas del Oeste y comics del Capitán Trueno, y no digo nada. Tampoco le critico porque intercambie cromos de fútbol con Pablo, ni siquiera le llamé infantil cuando el niño era pequeño y con artimañas y mentiras le quitaba los que él no podía conseguir. Eso le duró hasta que Pablo cumplió once o doce años, y perdió parte de la inocencia. ¿Puede haber algo más patético?
Todos tenemos cadáveres escondidos en el armario, así que le he dicho que me deje en paz y que se vaya a curar a sus tarados, que buena falta les hace.
En contrapartida, mi admirador secreto, lejos de criticarme, sigue enviándome flores, poemas y canciones a diario. Esta mañana me ha llegado un tema que me encanta, “You are always in my mind”. Es una canción bastante común, pero lo extraño es que no me ha enviado la versión más conocida, la de Elvis, sino mi preferida, la que canta Josh Turner, que es un cantante country al que aquí se le conoce poco. Esto me hace sentir mariposas en el estómago, pero también me asusta pensar cómo puede él saber tanto de mis gustos.

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