7 de mayo de 2016

DICE ABEL 35




Dice Abel que si quiero ser madura alguna vez tendré que crecer como persona y enfrentar todos los miedos que me acechan, plantarles cara y de esta manera ser capaz de perdonar.
El problema está en que quizá yo no desee, a estas alturas de mi vida, madurar. ¿Qué es madurar? ¿Hay alguien de verdad maduro, o todos arrastramos miedos insuperables y lo que es peor, incomprensibles?
Si madurar significa perder la curiosidad y la capacidad de asombro y olvidar a la niña que todavía conservo alojada en lo más profundo de mi, no quiero madurar. Tampoco quiero perder todos los miedos, porque quien no teme a algo es porque ya ha dejado de importarle la vida. Y a mi me importa demasiado. Me gusta estar viva, despertar cada mañana, aunque a veces lo haga con una garra invisible que me atenaza el pecho. Es un reto más que me impongo, seguir adelante aunque sea con miedo.
Un día Abel me pidió que hiciese una lista con aquellas cosas o situaciones que me asustan. Al principio me negué, pero insistió tanto que le obedecí, y creo que se arrepintió, porque me salió una lista más larga que mi brazo, y eso me detuvo. Y es que yo temo a tantas cosas...a no poder dormir por las noches, a que le pase algo a mi hijo, a que alguien le haga sufrir, a estar sola, a fracasar en mi trabajo, a tratar con alguno de mis clientes más exigentes, a pedirle al pescadero que me haga filetes con el salmón en lugar de rodajas, a conducir por las carreteras estrechas, a envejecer, a tener cáncer otra vez, a que se muera mi madre, a quedarme sin el suficiente dinero para vivir dignamente, a que un día no sepa más de Abel ni me llame por teléfono, a que de repente la gente se olvide de mi, o a que nadie me recuerde cuando me haya muerto...Todos esos y muchos más son mis miedos. Pero todos intento superarlos o al menos vivir con ellos.
En cuanto a lo de perdonar...eso ya es harina de otro costal. Creo que el perdón llega cuando uno está preparado para ello y no antes. Aunque uno se levante por la mañana con la predisposición de perdonar cada ofensa que nos hayan hecho, no es suficiente. El perdón tiene que nacer del fondo del alma como una necesidad. Y cuando llega...bienvenido sea.
Yo le he perdonado a Alberto casi todas las cosas detestables que me ha hecho, excepto una, que jamás olvidaré ni le perdonaré: que me haya dejado sola mientras paría a su hijo. Aunque bien pensado, tampoco es que por eso me haya pedido perdón. Ni por nada, si al caso vamos. Con lo cual, aunque yo tuviese cargo de conciencia por la dureza de mi corazón, que no lo tengo, supongo que estaría más que justificado.
Por todo eso y mucho más le he dicho a Abel por enésima vez que se ocupe de sus cosas y me deje vivir como Frank Sinatra, “On my way”. Se lo he prohibido, pero este psicólogo de pacotilla me sigue usando como conejillo de Indias. En algunas ocasiones le mataría.

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