8 de mayo de 2016

DICE ABEL 36





Dice Abel que soy emocionalmente dependiente y a mi me suena igual que si me dijese que soy retrasada. Ya sé que no es lo mismo y que incluso la palabra no es políticamente correcta. Pero yo tampoco lo soy, y cada vez menos.
Esa certeza se la ha sacado de la manga igual que el mago que hace aparecer una paloma o un conejo de su chistera. Y eso porque sabe que dependo del Lorazepam para dormir; pero las pocas veces que hemos dormido juntos desde hace unos años, no lo he necesitado.
No sé lo que significa ser emocionalmente dependiente porque afortunadamente no soy psicóloga, pero si sé que notarle a mi lado y escuchar sus ronquidos hacen que me quede dormida como si alguien me cantase una nana.
Ya sé que la mayoría de la gente no lo entendería, pero nosotros lo entendemos y eso basta. Hubo muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida en que uno u otro nos hemos necesitado a la hora de dormir, para darnos paz y calor humano.
En algún sitio he leído que en las horas de zozobra solo se confía ciegamente en alguien cuando se consiente en dormir a su lado. Y creo que es verdad. Quedarse dormido conlleva un mucho de abandono y aun más de confianza, y por eso solo se hace con quien se tiene un nudo en el alma. Por eso los perros solo se duermen confiados cuando se sienten en casa. Y yo duermo a pierna suelta cuando oigo los ronquidos desaforados de Abel a mi lado.
Se que a él le pasa igual conmigo, solo que yo lo digo claramente y él prefiere disfrazarlo. Es la diferencia entre el macho y la hembra.
Y quizá por eso llevo tan mal ocultarle esta historia absurda del admirador oculto. A veces, cuando me voy a la cama y estoy en ese momento indefenso de la vigilia, antes de que el sueño se apodere de mi, en que ruego porque ese admirador pudiese tener los ojos de Abel, el olor de Abel y su cara. Pero sé que es imposible, y por eso cuando abro los ojos por la mañana me digo a mi misma que ya no tengo edad para ser tan estúpida.

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