11 de mayo de 2016

DICE ABEL 37



Dice Abel que soy demasiado exigente con mi hijo y que a este paso acabará haciendo lo que le de la gana solo por llevarme la contraria.
Y yo, haciendo alarde de la paciencia que Dios me ha dado y mucha más que yo he ido cultivando con los años, no le contesto. ¿Para qué? Él es un gran consentidor y todo lo que hace o dice Pablo le parece gloria bendita. Baste decir que hasta le gusta la niñata esa de las uñas negras que se ha echado de novia. Y mi hijo, que ya he dicho que es un inválido emocional, sólo se suelta la melena con su tito Abel y a él se lo cuenta todo, cada pensamiento incluso. A mi, en cambio, que le he parido con dolor y le he llevado nueve meses en mi vientre, parasitándome la vida y alimentándose de mi sangre como un pequeño vampiro, ni mu. Y cada vez que le pregunto algo de su vida me dice que soy una pesada y una entrometida y que le chupo todas las energías. Y eso no lo ha discurrido en soledad; ahí veo yo la mano de su novia o del zángano de Abel, a quien Dios confunda.
El caso es que no nos ponemos de acuerdo en las cosas de Pablo. Discuto más de mi hijo con Abel que con su padre. Pero bueno, a su padre le importa todo un pimiento. Él cree que con ingresar una cantidad al mes ya ha cumplido y sobre todo lo demás se lava las manos. En honor a la verdad he de decir que Abel quiere a mi hijo, y mucho. Por eso discutimos tanto y también por eso hace de negociador cuando la pelea entre nosotros ha sido tan grande que dejamos de hablarnos. Realmente tengo que decir que siempre soy yo quien deja de hablarle a Pablo, cuando hace algo que me ofende mucho, y entonces es cuando llega Abel como el Séptimo de Caballería y acabamos los tres abrazados, yo llorando como una Magdalena y ellos dos mirándome con una mezcla de amor, asco y pena. Pero son mis hombres y les adoro a los dos, y al perro, que para más inri también es macho.
Yo no soy controladora, ni con mi hijo ni con Abel. Lo que ocurre es que necesitan que no les pierda demasiado de vista porque cuando no estoy al tanto tienden a despendolarse un poco. Con la comida, sin ir más lejos. Abel adora toda la comida que peor le sienta, y menos mal que cuando comemos fuera elijo yo para los dos. Aunque en ese momento me mira con inquina luego me lo agradece. Cuando elige él suele terminar con dolor de estómago, por lo cual siempre llevo en el bolso sus pastillas y le hago tomarse una, quiera o no.
En el caso de Pablo, tiene unos gustos muy previsibles; como a todos los jóvenes le encanta la comida basura. Cuando come fuera, no está en mi mano hacer nada, pero en casa le obligo a que se tome sus cinco piezas de fruta diaria y la leche sin lactosa, porque la otra le sienta mal. Me da igual que diga que es una mariconada. Se la toma y punto.
Otra cosa que no me gusta de Pablo...que sea malhablado. Y conste que yo soy la primera que digo tacos cuando me enfado, pero soy su madre. Él todavía no tiene edad para eso. Cuando lo dije en voz alta Abel me llamó idiota y ridícula, y me ordenó que dejase al niño en paz y que hablase como le diese la gana. Entre los dos me van a matar a disgustos, esa es la pura verdad.

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