14 de mayo de 2016

DICE ABEL 38




Dice Abel que menos mal que me he curado de esa manía que me dio cuando me separé de no querer salir a la calle más que lo imprescindible. Que de ahí a la agorafobia solo hay un paso.
Es cierto que me costaba salir a la calle, pero nunca padecí agorafobia. A mi no me daban miedo los espacios abiertos. Lo que me daba pánico era salir y ver tan solo parejas felices que paseaban, sobre todo los fines de semana, unos solos y otros con sus niños. Me dolía ver parejas y familias, quizá porque yo estaba tremendamente sola. Y no importa que yo fuese la que tomó la decisión de separarse y que lo mío con Alberto fuese una soledad acompañada; pero al menos no me encontraba tan perdida. Pablo ya no era un niño pequeño que me necesitase a cada instante y sobre todo no podía tomarle como muleta para seguir caminando.
En lugar de eso me curé como pude y traté de empezar a caminar yo sola, al principio muy lentamente y trayectos cortos, y poco a poco me fui soltando más. Algo que aprendí fue a mirar con otros ojos a la gente, y detenerme más en lo de dentro y no solo en la fachada. Es algo parecido a esos libros que uno compra porque tienen una portada atractiva, pero luego lo de dentro es soso y aburrido. Pues con las vidas ajenas pasa igual. A menudo nos parece que somos unos desgraciados y que todos los demás son felices de morirse. Craso error, cada cual lleva su cruz, solo que la deja en casa cuando sale a la calle. No vamos a ir con los maderos a cuestas todo el día. Pero la procesión va por dentro, como dice mi madre. Y no es que a mi me consuele de manera alguna que el resto de la gente tampoco sea feliz; simplemente me hace sentir un poco mejor saber que todo el mundo tiene sus problemas y que no soy la única que ha fracasado.
Cuando Abel se dio cuenta de que no quería salir me obligó a hacerlo y como mide treinta centímetros más que yo y pesa también unos treinta kilos más, no hubo manera de resistirse. Los primeros días, si nos sentábamos en una terraza o paseábamos, tenía la sensación de que todo el mundo me miraba y eso me llevaba a encogerme sobre mi misma como un caracol.
—¿A ti te parece que no eres lo suficientemente poca cosa para que encima camines encogida como una vieja? Levanta la cabeza y mira al frente, coño, como un soldado-me increpó ese ser sin alma que dice que me quiere mucho.
No le contesté porque no quería discutir en la calle, pero cuando nos sentamos en una cafetería y de nuevo empezó a regañarme ya no me pude resistir.
—Tú dirás lo que quieras, pero la gente me mira. Me doy cuenta. Yo creo que adivinan que estoy más sola que la una y que nadie me quiere.
Me puso delante la taza de café con más fuerza de lo necesario y me miró con ira.
—No seas estúpida. Te quiere tu hijo con locura, y tu madre, y yo, pedazo de mula, aunque cada día me pregunto por qué. Y en cuanto a lo mirarte, no sé de qué te extrañas. ¿Tú has visto las pintas que llevas? Pareces una Mata Hari de pacotilla, con esas enormes gafas de sol negras en un día de lluvia, y dentro de un café, y ese ridículo sombrero que te queda fatal. Las mujeres pequeñas no podéis usar sombrero, idiota. ¿No lo has aprendido todavía? Quítate ese disfraz y ya verás que no te mira ni Cristo.
—Tampoco es eso, no quiero ser invisible-protesté, con un mohín.
Me miró con ojos relucientes de ira y me pegó una patada por debajo de la mesa. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me guardé muy bien de decir nada porque no quería ganarme otra. Lo hace desde que éramos pequeños, cuando le faltan argumentos, recurre a la fuerza bruta. Menudo gilipollas. Aunque a partir de ese día empecé a salir a la calle con normalidad, no sé si porque es buen terapeuta o porque me da miedo que me vuelva a patear.

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