17 de mayo de 2016

DICE ABEL 39





Dice Abel que miento fatal y que enseguida se me nota en la cara porque me pongo roja y muevo demasiado las manos. Y ahí si que tengo que darle la razón. Básicamente es que miento poco, salvo lo que llamo mentiras de la misericordia. Como ejemplo, hace dos meses coincidí en la peluquería con mi amiga Eva y hablamos bastante, porque cortar, teñir, peinar, manicura y pedicura dan para mucho. La encontré rara, pero no sabría decir qué es lo que había diferente en ella. Hasta que me confesó en voz baja que se había operado la nariz y se había dado un retoque también en los párpados y ya puestos le quitaron unos filetes de la papada y de la tripa. Me preguntó qué tal la encontraba y le dije que fabulosa, que daba gloria verla. Mentí como una bellaca, porque la verdad es que le ha quedado una cara rarísima y a saber qué le habrán puesto porque cuando se ríe se le pone aspecto de Aznar, que está mucho mejor serio, porque con una sonrisa se asemeja un tanto al muñeco diabólico. Pues ésta, igual. Pero no se lo iba a decir así, sin anestesia, que la pobre chica se ha gastado un Congo en la operación. Pues de esas mentiras, unas cuantas caen a lo largo del día. Pero ya de las otras, mentiras de las gordas...no. Soy demasiado transparente para eso.
Así que estoy llevando fatal lo de mi admirador secreto porque no le he contado nada a Abel. Que tampoco es que tenga obligación de contárselo, pero es la primera vez que tengo secretos con él. Sabe de mi hasta las cosas más humillantes que me han sucedido, pero sin embargo esto soy totalmente incapaz de decírselo. Y no sé realmente por qué. Quizá es porque temo que se burle de mi, o que se lo tome a la tremenda y empiece a ser mi sombra o a tratar de descubrir quien es. Y puede que tenga miedo a saber de quien se trata.
Sea quien sea, por la fuerza tiene que ser alguien que me conoce y bien. Porque ayer me ha enviado un paquete de caramelos de piñones, de una marca que solo hacen en Tafalla y que son los únicos caramelos que me gustan, yo que soy tan poco de dulces. Me estoy devanando los sesos tratando de pensar quien puede ser, y la verdad es que ya estoy empezando a cansarme. Los primeros días me hacía gracia y si he de ser sincera, me hizo sentir de nuevo joven y deseable, pero ahora mismo siento más agobio que otra cosa.
No se lo he contado a nadie, aunque me temo que Virginia algo se barrunta, porque las flores y los caramelos han llegado a la oficina. Ella piensa que tengo novio, me lo ha insinuado el otro día, y yo la he callado diciendo que se deje de ridiculeces, que yo no estoy para novios.
La verdad es que no he pensado en rehacer mi vida después de Alberto y de haber metido la pata un par de veces, porque me tocaron descerebrados y gañanes. No necesito a ningún hombre en mi vida. Todas mis necesidades afectivas y de compañía están cubiertas con Pablo, Abel, y Káiser. Esos son los únicos entes masculinos que quiero tener al lado. A veces me he sorprendido en ese momento en que estoy a punto de quedarme dormida pensando en Abel de otra manera. Pero es una idea tan ridícula que enseguida la he desechado de mi cabeza. Menos mal que él no se enterará nunca porque entonces sí que me repetiría que la menopausia está haciendo estragos conmigo y que lo que necesito es un buen revolcón. Y no creo que sea eso exactamente lo que necesito, pero si alguien con quien dormir cada noche y que me acaricie la espalda y a quien mimar. Si no conociese tan bien a Abel podría ser él perfectamente pero nunca me querrá de esa manera, aunque sé que me quiere mucho. Porca miseria...es un castigo que nos conozcamos desde que los dos llevabamos pañales.

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