19 de mayo de 2016

DICE ABEL 40





Dice Abel que me aferro a mi hijo de una manera desesperada y que por eso no me cae bien su novia. No es verdad. Bueno, que no me cae bien si lo es, pero que me aferre a Pablo con desesperación, claro que no. Si estoy deseando que se largue de casa y me deje tranquila. Pero como ahora no se independizan hasta que cumplen los cuarenta largos, pues si quieres arroz, Catalina. A mi Pablo compañía, lo que se dice compañía, me hace más bien poca. Eso si, me da mucho trabajo. Con él siempre hay ropa que lavar, cosas que recoger que va dejando por medio y sobre todo, mucha comida qué hacer. Toneladas de comida. Mi hijo no come como un ser normal, sino como dos o tres. Y encima, a saber donde mete todo eso, porque está flaco como el palo de una escoba. Y luego, los humores que se gasta, que esa es otra. Siempre anda rumiando algo por lo bajo, con los ojos entornados y cara de haber pasado un cólico miserere. De verdad, algunos días que comparto con él el desayuno ya me quita las ganas de vivir para toda la jornada. Yo no sé donde habrá ido aquel niño adorable que se me subía al regazo y me acariciaba las mejillas diciéndome "Mamá, Mamá, vamos al parque con la bici y a la vuelta me compras chuches". Ahora en vez de hablar gruñe, como un ser del Averno y ni siquiera con la dichosa novia, Carolina, otra que tal baila, se le va la cara de mala leche.
Es que esa es otra, en mi vida he visto una chica más extraña. Se pinta las uñas y los labios de negro, que da asco verla, parece que ha salido directamente de una tumba o de un estercolero. Las pocas veces que ha venido a casa apenas ha hablado. Se ha limitado a comer, menos que el otro zángano, eso es verdad, y mirar fijamente al plato o a la pantalla del móvil. Y si hay algo que detesto es tener móviles en la mesa mientras se come. Entre ellos tampoco hablan mucho que digamos, más bien se comunican con gruñidos y gestos, como cavernícolas.
El otro día hablando de esto con Abel le dije que en ocasiones se me vienen a la mente unas imágenes que tengo que borrar como sea. Y es que no quiero imaginarme si tuviesen un desliz y esa niña horrenda se quedase embarazada, el engendro que de esos dos podría salir. Y encima, como sería mi nieto, le tendría que querer. Santa Úrsula bendita, aparta de mi este cáliz. No permitas que estos dos procreen porque la criatura estoy segura de que nacería con el 666 en algún sitio del cuerpo. Tendría que esconderlo y no se lo enseñaría ni a mi madre.
Abel me dice que no sea majadera y me ponga las pilas si no quiero perder a mi hijo. Así que haciendo de tripas corazón, como el sábado es el cumpleaños de mi hijo, he decidido hacer un almuerzo en casa. Mejor que cena, que así se largan antes con viento fresco. A ver como transcurren las cosas, pero yo, que soy realista, me espero lo peor.

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