20 de mayo de 2016

DICE ABEL 41




Dice Abel que a pesar de mi trabajo todavía no he aprendido a socializar, o que solo lo hago precisamente en ese campo, por la buena cuenta que me trae. Evidentemente, ante mis clientes tengo que ser un modelo de amabilidad, simpatía y discreción. No puedo decirle a la novia cuando la acompaño a la prueba del vestido que su futura suegra me ha dicho que es imposible que algo le quede bien con ese cuerpo de botijo. Sería como soltar un montón de avispas en una guardería. Y tengo que hacer de tripas corazón para no meter un tiro en medio del pecho a ese par de imbéciles que me han cambiado cuatro veces el viaje de novios. Me limito a sonreír falsamente y a desearles que en ese estúpido viaje a África que han decidido finalmente beban agua no potable y se pasen la luna de miel con diarrea para volver con diez kilos menos, lo cual a él no le vendría nada mal, por cierto.
Pero Abel dice lo de mi falta de socialización por lo del almuerzo del cumpleaños de Pablo. La susodicha novia de mis pecados se presentó hecha un cromo. Se había pintado las uñas y los labios, para variar, de verde marujita, y llevaba un mechón a juego en el pelo, que por cierto estaba tan tieso como si acabase de meter los dedos en un enchufe. Ahora que me había acostumbrado al look fantasmagórico, va y se pasa a las fluorescencias. De la ropa...no sé qué puedo decir sin caer en la reiteración. En el barrio chino de mi ciudad, que todavía existe, he visto putas vestidas con más recato. Llevaba eso que ahora los diseñadores han dado en llamar un top lencero, pero que para mi sigue siendo la combinación que usaba mi madre. La de Carolina era rojo fuego, con unos desflecados que le daban aspecto de mendiga y le hacían mostrar cuarto y mitad de pechuga. Una minifalda negra de vinilo o algo semejante y unos zapatos de tacón de aguja con miles de tachuelas remataban el infame atuendo. Recé para que no se enfadase con el tonto de mi hijo, porque si le da una patada en donde yo me sé con esas armas letales, mi pobre niño se queda inútil de por vida de sus partes nobles. Aunque le estaría bien empleado, por imbécil.
Sus modales en la mesa dejan bastante que desear. Se maneja mal con los cubiertos, come con la boca abierta y no tiene conversación, ni inteligente ni de la otra. Y no será porque yo no haya intentado sacar temas agradables para hablar.
Cuando ya se habían ido y Abel y yo recogíamos; es decir, yo recogía y él me entorpecía, como siempre, hasta él mismo tuvo que reconocer que se le veía mucho el pelo de la Dehesa.
—Pero todos podemos cambiar, Bebel-me dijo, intentando convencerme de algo que yo consideraba bastante improbable.
—Sabes bien que no es así, sobre todo cuando uno no pone empeño en ello. Más bien, fíjate lo que te digo, hará de nuestro Pablo un gañán.
Sé que eso le dejó preocupado. Y por tanto se lo dije. Solo pensar que alguien pueda ser una mala influencia para su adorado niño le pone de los nervios. ¡Qué tonto es este hombre! Tanto que me enternece. Ya le tengo en mi terreno. Empieza la operación CAROLINA GO HOME.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada