24 de mayo de 2016

DICE ABEL 42





Dice Abel que soy muy ladina y que más me valdría ir con la verdad por delante. Y yo digo que él es un memo de tamaño descomunal. Ahora que le atraído a la operación CAROLINA GO HOME, el muy torpe quiere hablar con Pablo, así, sin anestesia, y decirle que la chica no le conviene y que debería dejarla. ¡Qué tonto es este hombre, santa Úrsula bendita! Le he dicho que ni de broma.
Si le decimos eso, aunque solo sea por llevarnos la contraria, se encapricharía más de ella. Lo que hay que hacer es fingir que la acogemos en la familia con los brazos abiertos e invitarla a toda clase de eventos y fiestas de guardar. Yo conozco a mi hijo, no en vano me costó doce horas parirle, con contracciones de esas que te parten los riñones y hacen que para siempre sepas dónde están. Él se las da de muy progre y muy espabilado, pero en el fondo es bastante snob y en cuanto la niñata meta la pata tres veces seguidas, que la meterá y hasta el corvejón, la vergüenza le podrá más y la dejará. Solo espero que lo haga sin demasiado daño, que al fin y al cabo soy mujer y me solidarizo con las de mi especie.
Cuando le expresé mi plan magistral a mi bobo Abel se me quedó mirando con la boca abierta y me dijo con sinceridad y creo que hasta con algo de admiración:
—¡Qué grande eres Bebel! Y también muy malvada. No sé como no te han nombrado ya directora del CNI.
—Porque son unos imbéciles, está claro. Mi perversión y maldad no conocen límites, querido. Así que sé bueno para que luego no tengas nada que lamentar.
Y me miró a los ojos, juraría que un poco enternecido.
—Tú nunca me harías daño. No hay nadie en el mundo de quien me fíe más que de ti.
Confieso que yo también me puse un pelín tierna. Verle así, con la barba entrecana y mal recortada porque llevo unos días de mucho ajetreo en la oficina y no he tenido tiempo a usar la maquinilla con él, y esos ojos que me miraban de la misma manera que lo hace Káiser me llenó el corazón de algo parecido al amor. Le acaricié la mejilla.
—Mi Abel, no sé que haría yo sin ti. No me faltes nunca, por favor.
Y en ese momento él me tomó con la suya la mano que acariciaba su cara y me dio un beso en el dorso.
—No, no tengo pensado irme a ningún sitio, al menos sin ti. Te necesito para que me digas qué ropa ponerme y también para que me alimentes.
Sonreí, con la tripa llena de mariposas. ¿Qué estaba pasando? Mañana sin falta tendría que ir a ver a mi madre. Ella sabrá qué decirme.

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