2 de junio de 2016

DESTINO COIMBRA 2



La despedida de su madre había sido penosa, como siempre. Le costaba entender que su hija pequeña era ya una mujer con vida propia. De nada valía que Andrea le recomendase que saliese a divertirse; ella disfrutaba haciendo el papel de pobre viuda y madre abandonada.
-Vamos, Mamá-le había dicho al llegar a la estación. Marcela vive a diez minutos de tu casa y te visita casi a diario. Y tienes a tus amigas. ¿Por qué no sales más? También podrías hacer algún curso interesante.
-¿De qué?-preguntó su madre, con aire ofendido, mientras se secaba por enésima vez los ojos. Yo no he podido ir a la Universidad, como tú. A los quince años ya estaba trabajando en el taller de costura para llevar dinero a casa.
Andrea suspiró, diciéndose a sí misma que tenía que ser paciente con ella.
-Hay también cursos relacionados con la costura y el bordado; Mamá, si no quieres probar otras cosas. Se trata de llenar tu vida con algo, de tener un aliciente para levantarte cada día.
Pero era lo suficientemente realista como para saber que a la gente no se la puede cambiar. Su madre adoraba quejarse y lo haría durante toda su vida. Se arrellanó en el asiento y sacó del bolso de mano un libro, en parte para entretenerse, pero también como medida disuasoria hacia su compañero de vagón, que había intentado de todas las maneras posibles entablar conversación con ella, y tal vez algo más. Le miró de reojo. Tendría unos cuarenta años y empezaba a quedarse calvo. Era el prototipo de padre de familia aburrido, de posición quizá acomodada, que quiere buscar una distracción de su vida cotidiana, repleta de problemas domésticos, monotonía y luchas para pagar la hipoteca y el colegio de los niños. Andrea conocía muy bien ese tipo de material, y no le interesaba. En ese momento lo único que tenía en mente era hacer su tesis con aprovechamiento, y quizá luego quedarse durante un tiempo dando clases en la universidad de Coimbra.
A pesar de su juventud y de que era una muchacha atractiva, nunca había estado enamorada de verdad ni había tenido novios; tan solo pequeños escarceos con algún compañero de clase. El problema era que los chicos de su edad le parecían todos frívolos y superficiales. Quienes le atraían más eran los hombres algo maduros, pero también les temía. Bajo su aspecto de mujer fuerte y segura de sí misma yacía en el fondo un alma inocente e inexperta, con mucho miedo a que alguien entrase lo suficiente en su corazón para dejarlo lastimado. Querer resulta doloroso; lo había comprobado cuando murió su padre; que había sido la persona más importante de su vida.
Estaba llegando a su destino, y empezó a recoger sus cosas en dirección a la salida. El calvo se quedó en su sitio, sentado, mirándola con aires de suficiencia y en ningún momento se ofreció a ayudarle con su equipaje. Prueba de que no se había equivocado en sus apreciaciones. Se encogió de hombros, y salió del vagón con una irónica sonrisa pintada en los labios. El sol inclemente del cielo luso le quemó la espalda, y como nadie la esperaba decidió permitirse el derroche de un taxi que la llevase a la residencia de estudiantes donde se alojaría, por ahora. Llevaba dos maletas pesadas y un bolso de mano, y no podía arrastrarlas por el firme desigual de las antiguas calles de la ciudad, ni quería apretujarse en un autobús. Tendría que plantearse buscar enseguida un trabajo extra; dando clases de español, por ejemplo, y quizá buscar un piso compartido, que le saldría más barato que la residencia. Pagó al taxista y no sin esfuerzo arrastró su equipaje a su nuevo alojamiento, que no hogar. Después de acomodarse, preguntó si todavía estaba a tiempo de que le sirviesen el desayuno, pero la monja que atendía en recepción le contestó con cara de pocos amigos que a partir de las diez el comedor se cerraba, y eran ya las diez y cinco. Andrea no discutió, sabía que sería inútil. Buscó un café dos calles más abajo y entró. Pidió un zumo de naranja, tostadas y un café.

No hay comentarios:

Publicar un comentario