1 de junio de 2016

DICE ABEL 43




Dice Abel que la relación de mi madre no es muy sana que se diga, porque siempre andamos a la greña. Pues claro, como casi todas las madres y las hijas del mundo. Mi madre me adora y yo a ella, pero confieso que en ocasiones le daría cianuro en la sopa porque me quita las ganas de vivir y me agota, además de desestabilizarme los chacras, sea eso lo que sea, que todavía no lo he averiguado del todo.
Piensa que todo hay que hacerlo como ella dice, y no se lo piensa dos veces antes de dar unas opiniones que nadie le ha pedido. De mi le gustan pocas cosas, y la que menos mi trabajo. Siempre me dice que no sabe para que se deslomaron mi padre y ella en pagarme una carrera si luego ando todo el día de Dios de la Ceca a la Meca contentando a cuatro neuróticas que se despepitan por meterse en vestidos inapropiados y celebrar bodas que no durarán ni un telediario. La verdad es que mirado así no le falta razón, pero ese trabajo me da de comer mientras que el Arte lo único que da son satisfacciones y hacerte quedar delante de los demás como una friki.
A pesar de todo, y como más sabe el Diablo por viejo que por Diablo, en ocasiones, en las importantes, suelo fiarme de la intuición de mi madre y sobre todo de su experiencia.
Por eso aproveché una tarde en que tenía menos trabajo para pasarme por su casa con el pretexto de llevarle unas pastas de coco. Me la encontré, como siempre, viendo la televisión y haciendo punto. Para quien teje tantas y tan variadas cosas no ha dejado de ser un misterio para mi. Yo creo que es una especie de Penélope, que hace y deshace.
Cuando íbamos por el segundo café y ella ya se había metido entre pecho y espalda la mitad de las pastas le pregunté si una podía enamorarse de alguien a quien conociese desde hacía mucho tiempo a pesar de que siempre le hubiese visto como a un amigo, casi como a un hermano.
—¿Te has enamorado de Abel?-me preguntó a bocajarro, sin dejar de mover las agujas de hacer punto como una posesa.
—No lo sé, Mamá. Por eso te pregunto.
Suspiró, desengañada, supongo, por tener una hija tan idiota.
—Pero vamos a ver, alma de cántaro, que ya no tienes veinte años, ¿no sabes si le quieres o no?
—Claro que le quiero, mucho.
—No digo quererle de la manera en que os queríais de niños. Digo como a un hombre.
Me encogí de hombros y me puse a hacer nudos con un trozo de lana que mi madre acababa de cortar. Ella se quedó callada durante unos instantes, pocos, porque es de paciencia escasa. Luego me dio un golpe en la muñeca con una de las agujas y me mandó que la mirase.
—Algo muy malo debo de haber hecho para que Dios me castigue con una hija tan pánfila como tú. Hacéis una vida como si estuvieseis casados y me preguntas si le quieres. Tú eres más tonta de lo que yo pensaba. ¿Recuerdas que hace tiempo te dije que no te gustaba ninguna de las novietas que se echaba porque en el fondo estabas celosa?
Asentí con la cabeza, demasiado avergonzada para hablar.
—Pues toma nota, niña boba-remató.
Mi madre desconoce lo que es la palabra empatía. En sus tiempos no se gastaba de eso.

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