6 de junio de 2016

DICE ABEL 44






Dice Abel que soy insoportable y una verdadera carga. Yo...como quien oye llover. Eso lo dice porque se ha enfadado conmigo a raíz de la última tarde de compras.
Unos amigos de la infancia, de esos de toda la vida que se han criado en el mismo barrio y han ido desde siempre a la misma escuela, celebran sus bodas de plata y nos han invitado a los dos. Yo creo que no hay mucho que celebrar, dado que tanto él como ella desde hace al menos diez años no duermen juntos y tienen cada uno sus asuntillos por separado; pero dado que la hipoteca y unos mellizos de veintidós años unen mucho, siguen juntos.
Cuando recibimos la invitación me planté en casa de Abel y le hice una revisión a su fondo de armario. Resultó patético. Como es tan descuidado siempre acaba manchando la ropa y muchos de los trajes que tiene, por no decir casi todos, están que ni en el tinte lo arreglan. Así que le agarré de la solapa y me lo llevé de compras. Ya durante el camino fue protestando y haciéndose la víctima todo el tiempo. Tuvimos que detenernos antes para que pudiese tomar un café porque decía que estaba desfallecido y necesitaba cargar las pilas antes de entrar en la cámara de la tortura. Luego resultó que en vez de café se tomó un gin tonic y eso hizo que la lengua se le soltase más de lo debido.
Entramos en la tienda ya con las armas preparadas. Y me hizo pasar un verdadero calvario. No había nada que le gustase. Unas cosas porque no iban con su personalidad, otras porque eran muy caras, algunas porque eran de mala calidad, y todas porque estaba en pie de guerra y quería llevarme la contraria. Después de más de media hora de aguantar sus ganas de gresca decidí que ya estaba bien; así que le metí a empellones en el probador y traje cuatro o cinco cosas que elegí de acuerdo con la dependienta. Entré con él, porque no me fiaba nada de que se los probase si yo no estaba presente y al final salimos con una americana, corbata, pantalones y dos camisas.
En el coche hizo morros, como un niño de cinco años, pero al final conseguí que me invitase a cenar en un restaurante italiano y después de media botella de vino le hice confesar que le había solucionado la vida. Mi pobre Abel es así, y a estas alturas ya he desistido de hacer obra de él. Pero gracias a mi terquedad iremos a la cena de esos dos pánfilos vestidos como Dios manda. Ahora me falta conseguir que se deje recortar la barba y peinarse como una persona normal. A esas fiestas no me gusta que vaya con la pinta bohemia que se gasta y que, por cierto, he descubierto que tanto me gusta. Debo estar mal de la cabeza o quizá me haya picado un bicho venenoso y me ha obnubilado.

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