10 de junio de 2016

DICE ABEL 46




Dice Abel que soy de un infantil que asusta, preocupa y enternece a la vez. Puede. He de reconocer que cuando veo un parque para niños y estoy en un lugar donde nadie me conoce corro a lanzarme por el tobogán o a columpiarme, aunque el tobogán es mi preferido. La gente me mira, si, pero yo me lo paso bien. Hace un par de años estábamos de viaje por Extremadura y Abel me soltó una bronca monumental porque repetí mi hazaña y un guardia municipal me echó del parque, con bien malos modos, por cierto.
Pero la verdad es que yo no quiero matar a la niña que todavía llevo dentro porque es ella la que me hace mirar a la vida con curiosidad y esperando aprender algo nuevo cada día. Por eso alimento a mi niña interior y no le dejo que me abandone. Alguna vez incluso le compro chuches. Nos gustan las nubes de algodón rosa.
Pero lo de mi infantilismo Abel lo dice por algo más. Hace un par de días tuvimos una de nuestras tremendas discusiones, esta vez a cuento de que cuando le envío un whatsapp tarda horas en contestarme a pesar de que sé que lo ha leído-esas dos rayitas azules son un invento letal-y cuando lo hace me escribe cosas estúpidas que para nada tienen que ver con lo que yo le hubiese dicho o preguntado. Eso me pone furiosa, porque yo a él le contesto en el mismo momento en que recibo el mensaje y siempre digo cosas coherentes y razonables.
Por supuesto le sentó fatal que le hubiese dicho que es un egoísta y un descerebrado y nos despedimos cabreados como monas, ambos dos. Bueno, lo de despedirnos es un decir. Estábamos tomando café en una terraza y yo me largué y le dejé con la palabra en la boca. Y para castigarle tuve el móvil apagado dos días. Tampoco contestaba al teléfono las muchas veces que me llamó a casa.
Finalmente tuvo que intervenir Pablo y llamarnos al orden a los dos. A mí más porque el cretino de Abel habló con él primero, como el acusica que siempre ha sido, y de manera maquiavélica le puso en mi contra. A veces siento deseos de matarle lentamente, con “la muerte de los mil cortes” o como demonios se llame ese tipo de tortura que practicaban en la China antigua.
Lo que pasa es como la cosa podía durar semanas o incluso meses, creo que no sería el método adecuado. Yo no tengo tanta paciencia. Quizá un sartenazo en su estúpida cabeza fuese mucho más adecuado. ¡Qué asco de hombre! Tiene la virtud de enervarme y acabar con el estado zen en el que le prometí a Virginia que me mantendría. Y yo siempre cumplo mis promesas, pero por culpa de este idiota a esta tendré que faltar.

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