5 de julio de 2016

CASAS Y COSAS 1





En las noches solitarias y tristes le llovían los recuerdos. Como esa lluvia lenta y pausada que nos deja el corazón lanceando al viento. Era una casa baja, con el tejado mal cubierto con tejas que seguramente en los raros inviernos lluviosos de la isla dejarían colar el agua como una cesta de esparto. Estaba mal encalada y el cierre era irregular y hecho por manos torpes. Pero a ella le gustaba. Cada vez que pasaba por allí le parecía como un oasis en medio del desierto, con sus palmeras verdes y su buganvilla. Nunca la había visto por dentro, pero se la imaginaba: un patio central y todas las habitaciones girando en torno a él. Un patio poblado de adelfas, hibiscus y geranios. Y quizá desde la cocina pudiese verse la montaña que se elevaba, enhiesta y orgullosa, detrás de la casa. Una montaña que al atardecer se veía preñada de azul, como las colinas africanas a las cuales pertenecía. Y toda la vieja casa rodeada de tierra seca y árida, esa tierra de dudosa fertilidad a la que ella había aprendido a querer con el tiempo, con ese cariño sólido y perecedero, como el de los amores tardíos.
Y ese sueño quería compartirlo con él. Quería que fuesen juntos allí y si la casa todavía existía pudiesen contemplarla de la mano, quizá para convencerse de que a veces, algunas veces, los sueños se cumplían.

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