4 de julio de 2016

DICE ABEL 48



Dice Abel que a veces siente cierto pudor de ir por la calle conmigo. Santa Úrsula bendita...si debería ser al contrario, que siempre va hecho un Adán y no hago obra de él. Esto lo dice porque finalmente convencí a mi madre para que cambiase la cena de su cumpleaños por un almuerzo y fui vestida para la ocasión. Buscamos un restaurante con una preciosa terraza al lado del río. Hacía un día precioso y muy soleado y llegué del brazo de Abel con un vestido blanco de encaje, con cinturón, cartera y zapatos rojos, amén de una pamela de rafia con lazo rojo a juego. Completé mi toilette con guantes y una sombrilla de encaje que me costó un Congo. La verdad...elegí el atuendo porque me gustaba pero también porque adoro provocar, y sabía que mi madre y la dichosa Carolina se quedarían epatadas, aunque por bien distintos motivos. La primera porque opina que ya no tengo edad para vestirme de princesita y de nada vale que le diga que es más bien estilo “lady” y la segunda porque piensa que soy una aburrida y una sosa. Pues a las dos les iba a demostrar que ni una cosa ni la otra.
El caso es que Abel estaba que fumaba en pipa del enfado. Tuvimos que aparcar bastante lejos porque el restaurante está en una zona peatonal, y me agarré de su brazo para calmarle y sobre todo porque me costaba caminar encaramada a unos tacones demasiado altos para el suelo irregular.
—Por tu culpa todo el mundo nos mira, Bebel. Parece que vas disfrazada. ¿Es que no tienes vergüenza?
—Cada día menos, la verdad. Y no sé si me miran a mi o esas melenas que llevas, que parece que no te has pasado un peine en dos años. Antes de comer me meto contigo en el baño y te peino.
Sentí que su brazo se tensaba bajo el mío y me miró con odio.
—Ni lo sueñes. A ver si te crees que soy tu muñeco…
—No creo que seas mi muñeco, pero si que eres un inútil.
—Y tú una chalada que se cree la reina de Inglaterra.
—Más quisiera ella que tener mi estilo…
Me miró de nuevo con odio y me dijo que era insoportable. Sonreí de un modo que espero pareciese adorable.
—Puede, querido, pero también tú eres un gañán y yo te sigo queriendo.
Nos callamos porque estábamos llegando al restaurante. Éramos los últimos. Mi madre, dos amigas suyas y Angela, la madre de Abel, además de los chicos, ya estaban sentados. Carolina llevaba una minifalda de cuero con un top de lentejuelas y el pelo de punta con reflejos rosados. Mascaba chicle como una posesa y miraba a todos lados con acritud. Noté que Pablo estaba ligeramente avergonzado, y eso que todavía estábamos empezando. La cosa prometía. Cerré la sombrilla con parsimonia y saludé a todo el mundo. Cuando besé a mi madre me dijo al oído que esperaba que se me quitasen las ganas de hacer el ridículo. Sin embargo Angela festejó mucho mi traje y me señaló como ejemplo a las otras dos señoras.
—¿Recordáis que os dije que Isabelita-es que ella me llama siempre así-es una de las chicas más elegantes que conozco? Con cualquier trapito que se ponga, siempre va lucida…
—Cualquier trapito-se asombró Abel-si parece la reina de Saba. Mamá, por favor...debes de haber perdido el norte.
—Tú si que has perdido el norte y el gusto, alma de cántaro. Pensar que has tenido siempre a Isabelita a tu lado, que es una niña adorable, y mira con quien te has ido a casar, con esa mema de Olvido. La verdad...no sabéis el alivio que tuve cuando se separaron-les dijo a sus amigas abanicándose con aires de gran dama.
La verdad, Angela y yo siempre nos hemos llevado bien. Compartimos el gusto por los trapos y las dos pensamos que Abel sería más desastre todavía si nosotras no velásemos por él.
Él no opinaba lo mismo, evidentemente, por la mirada asesina que nos lanzó a ambas. Fue a sentarse, quizá buscando la solidaridad masculina, al lado de Pablo, que estaba de mal humor porque la niña iba ya por la tercera o cuarta cerveza y se le estaba soltando mucho la lengua. Se había dirigido ya unas cuantas veces a mi madre llamándola “tía” y la susodicha estaba roja de indignación y sospecho que también de vergüenza. Me froté las manos de gusto. Iba a ser un almuerzo memorable.

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