5 de agosto de 2016

DICE ABEL 49




El menú lo elegí yo, para hacerla pasar un mal trago. Nos pusieron un aperitivo y luego percebes, que no me gustan nada y son incomodísimos de comer; pero quería que quedase clara su zafiedad. Y quedó. Terminó regando de zumo de percebe a todos los comensales, menos a mí, creo que por intercesión divina, o porque me puse fuera de su alcance, que también puede ser. Cuando llegó el lenguado empuñó la pala del pescado como si fuese a picar piedra. Pablo estaba rojo de vergüenza y de indignación y hablaba entre dientes con Abel. Mi madre no sabía dónde meterse y yo estaba…en mi salsa. Hay ocasiones en que me pregunto cómo puedo tener tan mala idea; pero entonces recuerdo lo mal que la vida se ha portado conmigo, entiéndase Alberto, y se me pasa.
La criatura bebía sin parar. Increpó casi a gritos al camarero para que trajese otra botella de vino. Angela y mi madre se miraban la una a la otra, en un muda petición de socorro, rogando a todos los santos que llegase un huracán o un tifón, que nunca he sabido la diferencia entre ellos, y que nos llevase a todos, o al menos a Carolina.
Cuando trajeron los postres Pablo y la susodicha ya habían empezado a discutir. Mi hijo, no es por nada, en voz baja e intentando que nadie se diese cuenta. Ella, a grito pelado. Antes del café Carolina se había ido trastabillando sobre sus tacones de furcia barata y yo estaba paladeando un licor de manzana a la par que intentaba evadir la mirada llena de reproches de Abel. Pero cuando me levanté para ir al baño, porque mi vejiga tiene un límite, vino detrás de mi y me arrinconó para echarme en cara que le hubiese dado un disgusto a su adorado niño.
—Pero, ¿es que no te das cuenta, memo, que lo hago por su bien? ¿Tú te imaginas que martirio si tuviesen un hijo? Menudo engendro de nieto…no haríamos obra de él con semejante madre.
—Esto es todo lo que te importa, maldita egoísta. Pues que sepas que no tienes derecho a mangonear la vida de Pablo. Tendrá hijos con quien se le antoje y tú te tendrás que aguantar.
Me encaré a él como una fiera.
—No lo permitiré. No tienes ni idea de lo que se sufre cuando tienes hijos con quien no te conviene. Luego los tienes que criar sola, y es un infierno.
No me había dado cuenta; pero estaba llorando a lágrima viva, me imagino que a causa de las cuatro copitas que me había trasegado, más el cava y el licor. Y Abel me abrazaba, consolándome con palmaditas en la espalda, como si fuese un bebé que no pudiese expulsar los gases.
—Lo sé, cielo, claro que lo sé-me dijo en un tono de voz que nunca le había oído. ¿Por qué crees que siempre estuve a tu lado y quiero a ese crío tanto como si fuese mío?
No sé qué hubiese pasado si el camarero no se acercase al oír las voces que habíamos dado al comienzo; porque la boca de Abel se acercaba peligrosamente a la mía y lo único que recuerdo es que yo quería comerme sus labios poco a poco y saborearlo hasta que se diese cuenta de que era mío, de que siempre lo había sido y siempre lo sería. Por suerte el camarero rompió el hechizo y nos separamos como dos ladrones a los que han sorprendido robando.

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