19 de agosto de 2016

UN SEGUNDO CAFÉ




Escribir es un trabajo solitario. Aquí no hay cafés con los compañeros a media mañana ni se sale luego a tomar un pinchito y una caña antes de volver al tajo. No, esto es bastante distinto, aunque no sé si mejor o peor.
Aquí la única compañía que tengo son mis propios fantasmas, que me acompañan y me miran por encima del hombro mientras escribo o en días como este, en que no soy capaz de hacerlo y me limito a estar sentada delante del ordenador, mirándolo fijamente y esperando que la fuerza de mi sola mirada conjure a los hados de la inspiración y mis dedos vuelvan a correr raudos y veloces por el teclado, dando vida a mis personajes, que ahora mismo están ahí esperando, a medio hacer.
Y esto me parece un sacrilegio tan grande como si la gestación de un bebé se aletargase en el vientre de su madre y el embrión, durante unos días, dejase de crecer y de dotarse de todo lo que mañana, cuando sea independiente de su madre, le servirá para tener vida propia.
Supongo que hoy me falta la fuerza necesaria para insuflar vida en mis criaturas y como algunas de ellas apenas están saliendo a la luz no son capaces de dar el paso necesario para asomar a través de mi cabeza y de mi corazón y tener su independencia en el teclado. Son como adolescentes que todavía no han podido fijar su personalidad y un día se pintan el pelo de azul y al siguiente aparecen con la cabeza rapada.
Y yo, su madre, poco puedo hacer. No sé si hablar de ellos con alguien me ayudaría, pero creo que no. Hay dolores personales e intransferibles y este dolor debo pasarlo sola, apretando los dientes y rogando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, que me permita tomar las riendas de nuevo, al menos durante tres o cuatro capítulos más. Luego, si logro encauzar la cosa, ellos camparán por sus respetos y serán los que me guíen a mí, sin importarles que esté cansada, que no haya dormido o que me esté muriendo; como los tiranos que son me obligarán a que me siente enfrente del ordenador y que mis dedos acaricien o aporreen cada letra hasta que ellos puedan amar, odiar, respirar, gozar, sufrir, llorar y hasta matar.
No sé si eso será hoy, mañana o cuando las hojas del otoño empiecen a convertirse en alfombra cuando salgo a pasear con Brandy; pero en todo caso cuando ocurra poco importará lo que esté haciendo, me sumergiré en sus vidas y olvidaré un poco la mía.
Quizá el segundo café de la mañana me brinde algo de luz. Voy a probar. No pierdo nada.

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