27 de septiembre de 2016

DEL SEÑORÍO



Los que me conocen saben que soy aficionada a la Historia, que no historiadora; que es algo muy diferente. Siempre me ha gustado hablar con propiedad y sobre todo no darme ínfulas.
Mi interés por la Historia me lleva cada año, desde hace cinco, a los cursos de verano que se dan en Palencia. A eso se une el deseo de encontrarme con amigos muy queridos y a los que no veo más que en esas ocasiones; cosas de vivir en el “finis terrae”.
Y algo que presencié en este último curso, durante una comida, me ha dado pie a pensar en eso que se llama “señorío” y que yo creo que es como la elegancia, que o se tiene o no se tiene. Cierto que las dos cosas, el señorío y la elegancia, pueden ir a más con el tiempo y se pueden cultivar, pero no adquirir. Se nace ya con ello. Eso sí, la educación que nos dan desde la cuna, ayuda.
La escena que me tocó presenciar y vivir en primera persona y que no reproduciré, porque en algunas ocasiones es mejor pecar de discreta que de lo contrario, me hizo recordar dos anécdotas de la reina Mary de Inglaterra, o quizá debería decir del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, no lo sé.
Nacida como Mary de Teck, su vida fue larga y a veces sembrada de dificultades. Prometida al príncipe de Gales, Alberto Víctor, al morir éste de neumonía se casa con su hermano Jorge, el nuevo heredero. Antes de ser reina es duquesa de York, duquesa de Cornualles y luego princesa de Gales.
Para situarles…es la abuelita de la actual reina Isabel. Y con ella tiene tres anécdotas que la retratan y dicen que tipo de mujer fue; una gran dama.
En una ocasión, cuando la entonces princesa Isabel tenía unos diez u once años, reprendió a un criado porque no se había inclinado lo suficientemente a su paso. Y para más inri, le dijo “recuerda que soy la princesa Isabel”. Su abuela, que, sin ella saberlo, había presenciado la escena, le comentó al criado: “si, es la princesa Isabel, en eso lleva razón. A ver si tenemos la suerte de que la princesa Isabel aprenda a ser una dama”.
En otra ocasión la reina visitó un hospital acompañada de sus dos nietas. Una de ellas, creo recordar que Margarita, se quejó de que no le gustaban los hospitales ni su olor. Y la reina le contestó: “A nosotras, las mujeres de la familia real, nos encantan los hospitales y desde luego, su olor”.
Cuando murió su hijo, Jorge VI, la princesa Isabel se encontraba de viaje oficial por África y tuvo que regresar de inmediato. La primera en inclinarse ante ella como reina fue su abuela, ya anciana.
Eso es señorío. Una cualidad con la que se nace, independientemente de ser nobles o plebeyos, lo cual actualmente carece de importancia. Y el señorío se aprecia, sobre todo, en cómo se conduce uno con los demás. Quizá lo primero que hay que aprender es a pedir las cosas por favor, a dar las gracias y a que nadie es más que nadie. Y por supuesto, a no exigir privilegios que no se han ganado.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.

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