28 de noviembre de 2016

LA NIETA DE FRANCO


Que nadie suelte al morboso que todos llevamos dentro. Esto no va de política ni de cotilleos, aunque las dos cosas me gustan.
No, esto va más bien de secretos de familia. Pero de los que se pueden contar, porque tengo una madre y una abuela que si cuento lo que no debo probablemente me deshereden y me den unas buenas collejas. Si estuviésemos en USA borrarían mi nombre de la Biblia.
Hace unos años que he vuelto a mis raíces. Al pueblo en el que nací y crecí, al lugar de mis antepasados. Tiene de bueno que está en el campo y es un lugar bonito. Ahora en otoño cuando saco al perro, es decir, cuando nos echamos al monte, sólo se escuchan mis pasos pisando las hojas que alfombran el suelo, porque Brandy lleva almohadillas naturales y no hace ruido. Los dos disfrutamos; él porque tiene muchos olores nuevos que le atraen y yo porque cada mañana es distinta, dependiendo del grado de luz o de la cantidad de nubes.
Hoy el día era precioso y la temperatura muy agradable. Cuando ya habíamos caminado unos diez minutos me sentía tan ligera como si no hubiesen pasado los años y me acordé de mi padre, de cuando me llevaba de pequeña a pasear por el monte.
En este lugar la gente todavía conserva la buena costumbre de decir buenos días. Y no importa si te conocen o no; se saluda, siempre se saluda. Y además, si no te conocen a ti, seguro que han conocido a tus padres, o a tus abuelos.
Hoy casi al final del paseo me he encontrado con unos ancianos que cargaban rastrojos en un carro tirado por un burro; al que por cierto Brandy ladró con inquina. Y no sé por qué, con lo preciosos que son los burros. Tras los consabidos buenos días de ambas partes, escuché decir, cuando me alejaba, “es la nieta de Franco”.
Y si, esa soy yo. Nada que ver con Paquiño el de Ferrol, también conocido como Generalísimo. No, mi extracto es más humilde. Franco era mi abuelo; aunque él ya no ostentaba ese apellido, que era el de mi tatarabuela. Pero todo el mundo lo obviaba, y le seguían llamando Franco, o Rodolfo. Hace diez años que se ha ido; pero la gente le recuerda con mucho cariño; jóvenes y viejos.
Y yo me enorgullezco de que la gente me reconozca como la nieta de Franco. Porque fue un hombre bueno; una persona con principios que siempre tenía una palabra amable, una broma y, sobre todo, su apoyo al que lo necesitaba. De él, y también de mi padre, aprendí que lo importante es que cada noche, al acostarte, no tengas que reprocharte haber hecho daño a nadie conscientemente.
Esta mañana volví a sentirme como una niña de seis años, con coletas, guantes y bufanda. La misma que se agarraba con las dos manos a la barra delantera de la Vespa de su abuelo, y cobijada entre sus piernas, viajaba cada viernes a las seis de la tarde, después de clase, para estar el fin de semana con abuelos y bisabuelos. Nunca le importó el frío ni la lluvia. Cada viernes me recogía en el colegio. Luego las cosas fueron mejorando, y un Seiscientos blanco sustituyó a la Vespa. Todavía recuerdo la matrícula: C-85679.
Y le recuerdo a él; imposible olvidarle. Ahora mismo, mientras escribo, huelo su cigarro. Caldo de gallina, esos Ideales apestosos que él liaba como nadie. Me está echando el humo por encima del hombro derecho; un humo que se estrella en la pantalla y me habla de infancia, de olor a leña, a chocolate y a niña querida y mimada.

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