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ODIADOS REYES MAGOS




He debido ser de las pocas niñas a las que no les gustaban los Reyes Magos. Ninguno de ellos. Para mí la noche del cinco de enero era casi como una pesadilla, desde que puedo recordar. Mientras todos los niños solían irse a la cama impacientes por ver que les habrían dejado, yo ya lo sabía de antemano: cualquier cosa, siempre estúpida e inservible, por cierto, que yo no hubiese pedido.
Por eso dejé muy pronto de escribirles cartas. Algo de pragmatismo siempre he tenido, desde pequeñita. ¿Para qué me iba a molestar, si pidiese lo que pidiese siempre me dejaban lo que les daba la gana?
Y no hablo por hablar. Para muestra, dejo dos o tres botones.
1. En una ocasión, quizá porque pensaban que me gustaría emular a mi madre, que era modista, y de las buenas, me encontré la mañana del día seis de enero con una máquina de coser de un horrible verde marujita, para más inri. ¿Qué podía hacer yo con ese engendro del demonio? ¿Cómo se juega con una máquina de coser? ¿Y para qué quería yo esa cosa, si en la vida me había llamado la atención la costura?
2. En otra ocasión me encontré con un juego de enfermera, estetoscopio incluido. ¡Craso error de nuevo! Nunca me he visto como Florence Nightingale, la verdad. Menos mal que Dios escribe recto con renglones torcidos, y de toda aquella parafernalia pude salvar el botiquín, que era un bolsito blanco muy aparente; con el defecto de una enorme Cruz Roja pintada; pero lo froté bien con estropajo y quedó…regularcillo.
3. Otro año fue un juego de peluquería. ¡Qué asco! En la vida se me ocurriría andar peinando cabezas ajenas. Los pelos son algo muy desagradable, y cada cual que se lave y arregle los suyos. Solo de pensarlo se me pone una cosa en la garganta como las bolas de pelo que se tragan los gatos persas. Que si, que ya sé que lavar y peinar cabezas no implica tragarse pelos; pero me daba asco, que quieren que yo les diga. Sin embargo, también en esta ocasión pude sacar algo en limpio: un secador de mano rosa chicle, que me hacía de pistola glamurosa.
4. Pero ya el colmo de todos los colmos surgió con una horripilante muñeca, Yolanda de nombre, que tenía cara de imbécil e iba vestida como tal. No me gustaban demasiado las muñecas, pero en todo caso, si tenía que ser…un bebé blandito que se pudiese abrazar. No esa copia de Chucky, que me hacía tener pesadillas. Y ya lo peor fue cuando me enteré años después que esa muñeca la habían conseguido los “Reyes Magos” con puntos del detergente “Persil”. Unos Magos muy limpios y apañaditos, por lo que se veía.
Vamos a ver, ¿es que era tan complicado dejarme lo que yo pedía? Me contentaba con poco: una pistola de verdad, una estrella de sheriff, unos tacones de mi talla, algún bolso bien bonito, muchos collares, anillos y pulseras…cigarrillos con boquilla de verdad, en lugar de mirarme al espejo chupando lápices haciendo que fumaba…que eso hasta insano debería ser. Pero como no hay mal que por bien no venga…nunca he fumado de verdad. Para mí que del aburrimiento que me daba pedir cosas y que nadie me hiciese caso.
Por eso odio a muerte a los Reyes Magos, por majaderos y desentendidos

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quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
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una sola palabra,
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