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MIS MANOS




Esta mañana, escribiendo, como siempre hago a primera hora, me he detenido a mirar mis manos. ¡Cuánto pueden decirnos las manos acerca de una persona!
Manos que sirven para acariciar, para lavar, guisar, escribir, a veces hasta para hablar. También se puede hablar con las manos. Dice mucho la manera de colocarlas, de moverlas…
Uno de mis múltiples defectos es que muevo mucho las manos cuando hablo. Es algo que no puedo evitar y tampoco quiero hacerlo, porque a esos rincones que los ojos o la inflexión de la voz no llegan, lo hacen las manos. Y con ellas podemos expresar nuestros estados de ánimo y nuestros sentimientos.
Mis manos están envejeciendo. Supongo que, como yo, y me alegro de que así sea, porque es la mejor señal de que sigo viva. Todavía no veo manchitas color café con leche; pero no tardarán en aparecer.
A pesar de la cirugía, de las cremas, de las inyecciones de no sé cuántas cosas, las manos siempre revelan la verdadera edad de las personas.
El dedo meñique de mi mano izquierda hace exactamente cinco años que está deformado por la artrosis, y ya se quedará así, torcido, hasta que me muera. Supongo que ha sido el precio que he pagado cuando salí de una tierra cálida y volví a mis brumas del Norte. Al principio me dolía; ahora ya no. Y creo que tiene mucho que ver con que lo he aceptado como mío; así, torcido y un poco feo, el pobre. Pero es mío.
Mis manos siguen siendo blancas; toda yo lo soy; y mis dedos siguen siendo largos y con uñas bien delineadas, aunque no las cuido como debería…la pereza, supongo, y también que siempre me coloco en el último lugar. Pero ya hay arrugas. Es bueno y deseable que así sea; me dicen esas arrugas que el tiempo ha pasado y que he vivido. Con risas y lágrimas; pero es vida, al fin y al cabo.
Pero mis manos han llamado hoy mi atención porque me han recordado a mi padre y a mi abuelo. De ellos las he heredado. Cuando mi padre se murió, el último recuerdo que tengo al verle en el ataúd, son sus manos. Tan exactamente iguales a las mías que cuando me fijé en ellas me di cuenta de que se había muerto de verdad y no volvería a verle, al menos en esta vida.
Y el día de Año Nuevo, durante la comida, miré las manos de mi hijo. Ya lo sabía desde el mismo momento en que nació; pero me alegró volver a darme cuenta de que sus manos son exactas a las de su bisabuelo, su abuelo y su madre. Puede que a las de algún antepasado más que yo no he conocido.
La vida siempre sigue adelante, y eso es lo que de verdad importa.

Comentarios

  1. ...y en un futuro, quizás no muy lejano, un bebé precioso y regordete, te provocará una sonrisa al mover sus manitas para que te fijes en que son como las de su papá... <3

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  2. Ojala sea así. En cualquier caso, los bebés siempre serán bien recibidos en mi vida. Me gustan, y creo que yo les gusto a ellos. Ya ni te quiero contar si son míos. Un beso

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