13 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 1


Fue un jueves por la tarde, cuando el sol estaba escondiéndose entre las montañas y el aire empezaba a enfriarse anunciando ya la llegada del crepúsculo cuando supe que mi marido intentaría, en algún momento, matarme. Y también supe que yo no iba a permitirlo y que dedicaría hasta mi último aliento a impedirlo.
Con este sentimiento en lo más hondo de mi corazón, sentada en la mecedora del porche de mi casa y mirando a esas montañas que me han visto nacer y que guardarán en su alma de piedra mi último aliento, me arrebujé en el chal que me cubría los hombros y me hice el firme propósito de luchar por mi vida, y de buscar toda la ayuda que fuese necesaria. Sabía a quién recurrir y sabía también que nunca me la negaría.
Más tranquila por la determinación que había tomado entré en la casa. Jaime, mi marido, estaba de viaje, lo cual me daba la tranquilidad y la paz de no tener que fingir una armonía entre nosotros que ya no existía. Él no debía saber que yo sabía. Tendría que estar muy alerta para que nada en mi actitud; en mi forma de hablar, en mis silencios o incluso en mi mirada, le diesen la más mínima pista de que le había descubierto.
Cerré con llave todas las puertas, incluso la trasera, y aseguré las ventanas. Mi casa se alza en lo alto de una colina; tiene unas preciosas vistas hacia las montañas circundantes y domina todo el valle, pero en contrapartida, es tremendamente solitaria.
Esta casa que me acoge y me protege tiene más de doscientos años y siempre ha sido de mi familia. Mi abuela me la dejó en herencia y estaba en tan mal estado que todos mis amigos y conocidos me tacharon de loca y de excéntrica cuando decidí repararla para vivir en ella. El tejado estaba hundido, el jardín era un laberinto de maleza y el interior era el habitáculo ideal de murciélagos, arañas, ratones y demás alimañas.
Prácticamente lo único que se mantenía bien eran sus gruesas paredes de piedra, que me protegen del frío en el duro invierno de la montaña, pero también del calor excesivo cuando llega el verano. Su remodelación me costó mucho tiempo, dinero y sobre todo paciencia con el ejército de albañiles, fontaneros, carpinteros y electricistas que por aquí camparon a sus anchas durante un año. Pero por fin cuando estuvo terminada pude disfrutar del resultado. Es el refugio que siempre soñé, porque odio la ciudad y todo el hacinamiento que representa. Pasé los primeros años de mi vida en esos caóticos bloques de edificios en donde uno se entera de cuando el vecino se ducha o usa el baño y es consciente de las penas y alegrías de todos los que le rodean, aunque probablemente no reconoce su cara cuando le ve cada mañana en el ascensor. Lo único que nos resulta familiar son las voces. Por eso esta casa se convirtió en mi sueño; está alejada de todo, pero lo suficientemente cerca si se desea; pues a la ciudad más próxima hay apenas una hora de camino. Mi trabajo me permite la soledad y aún diría que la agradece, porque me dedico a escribir libros. Empecé trabajando en una editorial como correctora pero después de leer cantidad de manuscritos de dudosa calidad y menos originalidad, me decidí a escribir algo; un volumen de cuentos para niños que le presenté a mi jefe con un sentimiento de miedo y vergüenza. Yo fui la primera sorprendida cuando accedió a publicarlos y desde hace cinco años he publicado cuatro libros, con bastante éxito de ventas.


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