29 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 11



Aquel nombre nada me decía. Marta nunca me había hablado de ningún Álvar Durán, ni mucho menos me había dicho que entre sus ancestros hubiese algún asesino. Por fuerza aquel extraño sujeto tenía que estar loco. Lo que no me explicaba era cómo había llegado al sótano sin que nosotros nos hubiésemos dado cuenta. ¿Y dónde estaba el cadáver que yo había encontrado, el de aquella pobre mujer embarazada? Le miré con disimulo, porque, aunque me avergüence confesarlo, no era capaz de enfrentar la mirada de aquellos ojos iridiscentes y ladinos, que parecían querer taladrarme el alma. Sus dientes refulgían como si estuviesen iluminados por no sé qué extraña luz.
—¿No dices nada, querido Jaime? Sospecho que nunca habías oído hablar de mí. No puedo decir que me sorprenda. No es agradable contar al mundo las miserias de cada cual. No se incluso si tu preciosa Marta conocerá de mi existencia. Quizá sus padres no encontraron oportuno contarle nada. Y dime, ¿Se ha recuperado de la pérdida de su hijo? La boca se me abrió sola, de asombro. ¿Cómo sabía él que Marta había sufrido un aborto antes de casarnos? No puedo decir que para mí fuese un enorme sufrimiento, porque aquel niño no llevaba ni una gota de mi sangre, y aunque me mostré sumamente apenado cuando tuvo el accidente de coche, en mi fuero interno me alegré de haber manipulado convenientemente los frenos. Ella no tardó mucho en salir del hospital y yo me libré de criar al pequeño bastardo con el que no tenía nada que ver. Pero excepto Marta y yo, nadie lo sabía. Incluso se lo ocultó a sus padres. Precisamente la boda era para que nadie pudiese sospechar que estaba embarazada de un hijo que no tenía padre. Yo me ofrecí a casarme con ella, a ser el padre de su hijo; pero solo de boca hacia fuera. Quería a Marta, pero no tenía la menor intención de hacerle de padre a un pequeño mocoso que se pareciese al hijo de puta de Lucas de la Vega, a quien Dios confunda, esté donde esté.
—¿Qué sabes tú de nuestra vida y qué haces en nuestra casa? -me atreví a preguntarle.
—Poco a poco, amigo mío. En realidad, esta casa fue mía mucho antes que vuestra y tengo más derecho que tú a estar aquí. Y de vuestra vida lo sé todo, absolutamente todo. Sé que tú te encargaste de que el hijo de tu rival no llegase a nacer. No somos tan distintos tú y yo, si te paras a pensarlo. Yo maté a mi mujer porque esperaba un hijo de otro, ¿lo sabías?
Negué con la cabeza; pero una luz se fue abriendo paso. ¿Podría ser que la mujer embarazada que vi tendida en el suelo y cubierta de sangre fuese su esposa? Pero entonces, ¿Dónde estaba ahora?
—La quise mucho-siguió hablando aquel hombre tan extraño, tocándose de vez en cuando el bigote. Pero se comportó como la zorra que me imagino que siempre fue, y cuando estuve ausente un tiempo, intentando conseguir dinero y una vida mejor para ella en el Nuevo Mundo, me lo pagó engañándome. ¿Qué cabe pensar cuando después de cinco años llegas a tu casa y encuentras que tu mujer espera un hijo? ¿Qué puede hacer un hombre? La maté, y disfruté cuando clavé el cuchillo en su pecho, tan blanco, tan apetecible. Se hundió como si estuviese atravesando mantequilla. Fue uno de los mejores momentos de mi vida.
—Pero, ¿cuándo fue eso?
—¿Qué importa el tiempo? Esas fruslerías quedan para el común de los mortales. Tú y yo pertenecemos a una raza elegida que no se atiene a las normas estúpidas del Bien y del Mal. El tiempo no existe para nosotros. Pero si lo quieres saber, si tanto te importa, fue hace más de doscientos años. El tiempo no existe, no tiene la menor importancia. Tienes que arreglar tu vida. Debes demostrarle a tu mujer de lo que eres capaz. ¿Sabes que sigue amando a Lucas de la Vega? No puede olvidar que fue el primer hombre a quien quiso. ¿Qué eres tú para ella? Sólo te utilizó para tapar la vergüenza de un hijo bastardo. No le importas, no te respeta, le da igual tu bienestar ¿Eres capaz de hacerle el amor, o no puedes por qué te das cuenta de que ella añora los brazos de su amante y no los tuyos?
No hacía falta que este sujeto, al que no sabía si debía llamar hombre, fantasma o qué, viniese a decirme lo que yo sabía desde antes de casarme con Marta. Desde que la vi por vez primera supe que tendría que ser mía; pero ella estaba en aquel momento con Lucas, y sé que a él es al único hombre que ha querido. No pensé que eso fuera un obstáculo cuando le propuse que nos casásemos. La quería tanto, deseaba con tanta fuerza que fuese mi mujer que me daba igual contra qué o contra quien tuviera que luchar. Eso es lo que pensé al principio, pero a medida que pasaba el tiempo y veía que ella, aunque no lo nombrase, seguía recordando a su antiguo amante, las cosas fueron haciéndose cada vez más duras para mí.
Recuerdo como si fuese hoy la promesa que le hice de no tocarla hasta que ella me lo pidiese. Todavía no nos habíamos casado; y he de reconocer que ella siempre fue leal y sincera conmigo al decirme que de momento era incapaz de ofrecerme nada más que su amistad. Yo lo acepté así, y no sabía el tormento que de esta manera estaba echando sobre mis espaldas. Estuvimos más de un año durmiendo en cuartos separados; nuestra vida era como la de dos compañeros de piso, o tal vez dos hermanos. A ella le resultaba cómodo, pero para mí era cada vez más insoportable. Y en todo ese tiempo no cesaba de pensar que, durante las noches, cuando la puerta de su cuarto se cerraba tras ella; en la calidez de su cama pensaría en Lucas; soñaría con él, añoraría sus besos y sus caricias. Eso me volvía loco de celos. Fue entonces cuando pensé que si no le ponía remedio eso acabaría matándome. Y fue también cuando empecé a salir por las noches de casa, sin hacer ruido para no despertar a Marta. Cuando volvía a la mañana siguiente estaba más calmado, pero la calma me duraba poco. Al principio una de esas salidas nocturnas podía tranquilizarme durante casi un mes, a veces incluso dos. Pero con esto sucede algo parecido a lo que les pasa a los drogadictos; que cada vez necesitan más. Yo también necesitaba más; y las salidas empezaron a hacerse cada dos semanas, luego una vez a la semana. Temía despertar sospechas en la zona, y procuraba alejarme, o aprovechar alguno de mis muchos viajes de trabajo para satisfacer mis instintos




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