30 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 12


Cada vez me sentía más intranquila porque los días iban pasando, el regreso de Jaime estaba más cercano y no había tenido noticias de Lucas. Me preguntaba qué debería hacer. ¿Sería mejor marcharme a algún hotel? Pero me parecía tiempo perdido, porque Jaime acabaría encontrándome y sería peor, entonces se daría cuenta de que sospechaba de él.
Intenté distraerme trabajando; pero no tenía la cabeza para imaginar historias ni cuentos infantiles; era demasiada la preocupación que me atenazaba. Estuve tentada de coger la linterna y bajar al sótano; pero un miedo irracional me lo impedía. Lo que mi marido contaba en el diario no podía haber sucedido; era algo que él se imaginaba; pero no dejaba de asustarme. A saber lo qué me encontraría en ese sótano. Ya en la cama recordé el momento en que empezaron los problemas con Lucas. Cuando terminó la carrera de Derecho siempre pensé que empezaría a trabajar en el despacho de su padre, que se dedicaba al Derecho Mercantil junto con otros dos socios y parece ser que les iba muy bien. Pero me sorprendió al decirme que no, que no pensaba hacerlo porque no se llevaba bien con su padre. Me confesó que ya tenía en mente otros planes. Pero cuando una tarde que nos habíamos visto, como siempre, en mi piso, me dijo que en septiembre entraría en el departamento jurídico de la policía, me quedé asombrada. Yo sabía que Lucas había hecho cursos de Psicología en Estados Unidos, y prácticas en Quántico, la escuela de Virginia adonde iban los integrantes del FBI; pero nunca le di demasiada importancia porque me parecía un capricho que con el tiempo se le olvidaría. Cuando me di cuenta de que no sería así me enfurecí. Me parecía una idiotez haber pasado tantos años estudiando y sobre todo estropear tanto esfuerzo para ingresar en un departamento de policía, a hacer perfiles criminales. ¿Cómo podía alguien desear pasar el resto de su vida rodeado de delincuentes, de lo más sórdido de la sociedad, en vez de ejercer el Derecho de manera más cómoda y limpia?

Nos peleamos por primera vez seriamente y le pedí que se marchase a su casa; no soportaba tenerle a mi lado sabiendo que había tomado esa decisión hacía más de tres meses y me lo había ocultado. Por más que me prometiese que no lo hizo con mala intención, me sentí totalmente despreciada y fuera de lugar. Incluso, en mi ofuscación, le acusé de utilizarme solamente para acostarse conmigo cuando le apetecía y no respetarme como persona. Sé que le dolió, porque me miró con los ojos velados por la pena y por la ofensa que le había hecho. Yo sabía, en el fondo de mi corazón, que no estaba siendo justa; pero quería dañarle de todas las maneras posibles. No nos despedimos, él se limitó a marcharse y yo no me di la vuelta; seguí mirando, con los brazos cruzados, por la ventana que daba al patio de la cocina. Pasó una semana sin que tuviese más noticias de Lucas. Sentía que era la ofendida y por lo tanto no consideraba que fuese yo la que tenía que llamarle. Pero él tampoco lo hacía. Por suerte cuando faltaba una semana que se incorporase a su puesto nos encontramos en la calle. Sería absurdo que cada uno se fuese por su lado; así que entramos en una cafetería y aunque al principio nos costó, decidimos hablar de nuestras diferencias. Discutimos durante largo rato y al final acabó convenciéndome de que ser policía era su vocación y que no me lo había ocultado de mala fe, sino por miedo a que pasase precisamente esto que había pasado. Sus razonamientos me convencieron sólo a medias; pero cuando puse en una balanza lo bueno y lo malo de nuestra relación evidentemente ganó lo bueno. Antes de que ocurriese todo esto ya casi vivíamos juntos y ahora Lucas trasladó sus cosas de manera definitiva a mi piso. Mis padres todavía no sabían nada, y aunque él me urgía a que se lo contase, no quise hacerlo. Preferí esperar a comprobar cómo nos iban las cosas antes de darles la noticia de manera definitiva.

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