17 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 2



Siempre he oído decir que los perros acaban pareciéndose a sus dueños, y puede que sea verdad. Pero pienso que también las casas y quienes las habitan acaban viviendo en una extraña simbiosis. Y algo así me ha pasado a mí, que me he transformado en los dos años que llevo en “La casa de la colina”, como la llaman en el pueblo. Mucha gente se extrañó cuando ocupé la casa porque no tiene lo que se dice buena prensa. Aquí, hace más de doscientos años, hubo un crimen. Un antepasado mío asesinó a su esposa, cuando al volver de un viaje a Venezuela después de haber estado ausente cinco años, la encontró embarazada. Él mismo acabó suicidándose en su celda antes de que se celebrase el juicio.
La historia me parecía muy triste, pero no hizo que desistiese de mi deseo de ocuparla. No soy supersticiosa y no creo en las casas encantadas y menos en fantasmas. O debo decir que no creía; porque ahora, algunas noches, cuando escucho ruidos que llegan desde el sótano y oigo sonidos que se parecen al lamento de una mujer, he llegado a pensar que quizá me convenga revisar mis creencias.
Pero no son los fantasmas quienes me dan miedo, porque aún en el caso de que existan no pueden hacerme nada malo; si acaso, que me desvele por las noches. Lo que me asusta es la persona con quien comparto mi vida desde hace diez años. He descubierto un Jaime nuevo que no conocía, y no puedo decir que me guste. La transformación es reciente y sutil; pero está ahí, en su cabeza, y en cada poro de su piel. Y me produce temor. Pero él no debe darse cuenta de que le veo de manera diferente. Debe pensar que estoy serena y confiada, como siempre. Al menos hasta que pueda contactar con la única persona en el mundo a quien puedo recurrir.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias. Desde luego, es una novela terminada hace ya unos ochos años. Un abrazo

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