20 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 4


Quizá antes de seguir contando lo que me encontré y lo que cambió mi vida
para siempre tenga que volver bastantes años atrás en el recuerdo y repasar ciertas cosas de mi vida que pensé que se habían quedado olvidadas para siempre en esa zona de la cabeza, ese cajón sin llave que se reserva para ir almacenando todo lo malo que pasa nuestras vidas. La mejor época que recuerdo, aunque luego acabase en drama, la pasé entre los quince y los veinte años. Fue entonces cuando conocí a Lucas. Su familia se compró una casa de veraneo en el pueblo, a pocos kilómetros de aquí, y siendo un sitio tan pequeño era normal que dos chicos procedentes de la ciudad entrasen en contacto. Él tenía veinte años, cinco más que yo, y ya estaba en la universidad. Fue mi padre quien nos presentó, porque conocía al suyo y en alguna ocasión habían hecho negocios juntos. Una tarde que estábamos saliendo de la única tienda de comestibles que había él llegó con su madre. Fueron inevitables las presentaciones.
—Hija, te presento a Lucas de la Vega-me dijo mi padre; y añadió, señalándome- esta es mi hija Marta.
Nos dimos la mano y luego, titubeando un poco, un beso en la mejilla. Lucas era alto, de pelo castaño muy claro, casi rubio, y con extraños ojos color violeta, que hacían chiribitas azules cuando, como ahora, les daba el sol. Me gustó mucho, como un chico ya mayor le puede gustar a una niña de quince años. Pero precisamente por eso, porque yo era demasiado niña, aquel verano no pasó nada especial entre nosotros; más bien él se limitó a tratarme como si fuese su hermana pequeña, y alguna vez, creo que por compromiso o por pena, me invitó a que le acompañase al cine al aire libre del pueblo.

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