21 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 5


Aquellas salidas me dejaban desazonada, porque en cuanto le veía delante me quedaba literalmente sin palabras y era incapaz de mantener una conversación medianamente inteligente.
Todo el invierno y la primavera hubieron de pasar, hasta que qué llegó de nuevo el verano y volvimos a coincidir durante las vacaciones. Yo había cambiado bastante más que él, y quizá fue ese cambio lo que hizo que empezase a mirarme de otra forma. Ya no me trataba del todo como a una niña, aunque seguía viendo en él cierto aire de suficiencia y protección a la vez. Pero ahora cuando salíamos a tomar un refresco o íbamos al cine de verano, donde daban exactamente las mismas películas que ya habíamos visto el verano anterior, me prestaba más atención. No sé si se debía a que mi conversación era más suelta o a que mi talla de sujetador había aumentado.
Cuando acabó el verano se me hizo difícil pensar que tardaríamos un año en vernos, y Lucas me pidió permiso para llamarme por teléfono y para ir a mi ciudad a verme en alguna ocasión. Vivía a pocos kilómetros y no
sería tan complicado. Me pareció tocar el cielo con las manos al darme cuenta de que sentía algún interés por mí.
Me había hecho bien recordar los inicios de mi relación con Lucas, cuando los dos éramos tan jóvenes e inocentes que no esperábamos que la vida nos deparase más que felicidad. El tacto de la agenda de tapas rojas me devolvió a la realidad actual, cuando mi vida estaba en peligro. Leí de nuevo la primera página, quizá para convencerme de que ni lo había soñado ni era una fantasía mía.
Desde lo más profundo del sótano me ha llegado anoche, cuando estaba subiendo las escaleras para acostarme, una voz gutural que pronunciaba mi nombre. Y en el mismo instante, como si un imán o una cuerda invisible tirasen de mi, no pude evitar volver sobre mis pasos y bajar a ese sótano tenebroso en donde solo puse los pies en una ocasión. ¿Qué esperaba encontrarme allí? No acierto de decirlo, pues estaba como en estado de trance, sin ser yo mismo quien movía los pies, paso a paso, sino que tal parecía que una fuerza oculta me empujase.
Nada más entrar me saltó a la nariz el nauseabundo olor metálico de la sangre apozada, como cuando en los pueblos se hace la matanza del cerdo. Me detuve; y confieso que me temblaban las piernas, pero la curiosidad era bastante más fuerte que el miedo, y seguí avanzando. Aunque llevaba una linterna en la mano, la oscuridad reinante hacía que todo se viese en medio de una penumbra, donde los muebles viejos y los trastos emitían unas sombras amenazadoras, como gigantes dispuestos a abalanzarse sobre mí cada vez que avanzaba un paso. El olor de carnicería era cada vez más profundo, y saqué del bolsillo de mi pantalón un pañuelo para taparme la nariz. Instintivamente, empecé a respirar por la boca. Entre una cómoda de nogal a la que faltaban varios cajones y un sofá destripado del que salían los muelles como resortes de un muñeco de feria, sobresalían unos pies calzados con negros escarpines de terciopelo. Eran pies pequeños y estrechos, que se prolongaban en unas piernas finas y esbeltas, enfundadas en medias blancas, caladas, como las que usaban hace más de dos siglos.

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