22 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 6


Seguí leyendo a pesar de que cada frase era como un nuevo puñal que se clavaba en mi corazón. Pero tenía que saberlo todo.
Avancé un paso para ver más claramente la figura femenina que yacía en el suelo. Quedé horrorizado al ver el cuerpo inerme de una hermosa mujer, morena, con la piel muy blanca, como de alabastro, en evidente estado de gestación, y de cuyo pecho sobresalía un puñal, clavado justo en el corazón. Ahora me di cuenta de donde procedía aquel horrible olor metálico, a sangre, que ahora era más fuerte que nunca. Me tapé con más fuerza la nariz, pero allí la sangre se respiraba en el ambiente, todo el lugar estaba empapado en el aroma denso y pesado de la sangre. Sentí que me mareaba, y tuve que apoyarme en uno de aquellos viejos muebles apolillados.
Inmediatamente una pregunta quemó mis labios. ¿Quién era esta mujer, y que hacía en el sótano de nuestra casa? ¿Cómo se lo iba a decir a Marta? Nunca me creería. ¿Tenía que llamar a la policía? Me fijé en que la mujer tenía los ojos abiertos, unos hermosos ojos marrones, ahora vacíos de vida, fijos en algún lugar inexistente. Inmediatamente me vino a la cabeza la idea de que me gustaría poder capturar la última imagen que se quedó prendida a su retina. Seguramente sería la cara de su asesino. Y esto me llevó a pensar qué sintió él, quien la hubiese asesinado, en el momento de hundir el puñal en esa
carne blanca y tierna que se entreveía por el escote rasgado de su traje. Por un momento, sentí envidia de él, quienquiera que fuese. Me dio por pensar que nadie más que quien tiene en su poder, en su mano, la vida de un semejante, puede sentirse tan poderoso.

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