23 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 7


¿Querría yo gozar de ese poder? Intentaba desechar esa idea de mi mente, pero la vista de esta hermosa mujer, ahora muerta, me revolvía las entrañas y me causaba un extraño placer, que no confesaría más que a mí mismo. Me resulta sensual y atractiva esta figura tendida en el suelo, abandonada a su suerte, patética y despojada violentamente de la vida.
El caso es que yo recordaba perfectamente esa noche. Me había ido a la cama antes que Jaime porque me dolía un poco la cabeza y estaba muy cansada. No sé cuánto tardó él en acostarse, pero me desperté cuando le oí entrar y me asusté al ver su aspecto. Parecía aterrado, como si hubiera visto un fantasma; pero a la vez extrañamente ensimismado y lejano, como perdido en un mundo de ensueño al que solamente él podía acceder. Supe que había estado en el sótano porque llevaba una telaraña en el pelo y aunque yo no sea demasiado buena ama de casa, no tengo telarañas colgando por los rincones.
—¿Qué has estado haciendo en el sótano a estas horas? -le pregunté. Me asustó comprobar lo que le molestaba mi pregunta, porque me contestó de malos modos, casi gritando. Nunca había sido un modelo de marido cariñoso y era muy parco en palabras; pero desde luego ni cuando discutíamos me hablaba de esa manera. Lo dejé correr, no quería empezar una discusión a estas horas de la madrugada. Me limité a decirle buenas noches y darme la vuelta para dormir; pero ya no fui capaz de conciliar el sueño.
Tampoco él durmió bien; dio vueltas toda la noche, habló en sueños, aunque no entendí lo que decía, y tuvo pesadillas.
A la mañana siguiente se despertó temblando de fiebre y tuvimos que llamar al médico, que fue el primer extrañado porque al parecer no había ninguna enfermedad concreta; y no sabía que era lo que le pudo causar esas tremendas calenturas que le hacían tiritar. Se mantuvo en la cama tres días, dormitando, despertándose tan solo para beber algo, ir al baño o tomar un plato de sopa. Me llamó la atención su ropa; porque aparte de que se había hecho un agujero en el jersey, a la altura del codo, como si se lo hubiese enganchado en alguna astilla de madera o en un clavo, le encontré manchas de sangre en el bajo de los pantalones. No era el mejor momento de preguntarle de qué era aquella sangre. Desde luego me extrañaba que fuese suya porque no le vi ninguna herida. Más bien parecía que hubiese pisado un lugar con manchas de sangre que le hubiesen salpicado al caminar. Pero eso sugería algo horrible; caminar sobre charcos de sangre. ¡Dios mío! ¿Dónde podría haber tal cosa? El único sitio que se me ocurría era el pueblo, cuando en algunas casas hacían la matanza del cerdo; pero eso era alrededor de la Navidad, y estábamos en pleno verano. Me avergüenza decir que intenté borrarlo de mi mente; hice como el avestruz

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