24 de marzo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 8


Quizá las cosas hubiesen sido distintas para mucha gente si entonces no hubiese sido tan cobarde. Pero espero que todavía lleguemos a tiempo de evitar males mayores. Y la cobardía, que parece ser el sino inevitable en mi existencia, me lleva a recordar los inicios de mi relación con Lucas. Tampoco con él fui valiente y la decisión que entonces tomé pesará sobre mí como una losa toda la vida. Éramos demasiado jóvenes; pero crecimos juntos y a medida que nos íbamos conociendo la relación que empezó como la de dos adolescentes se fue transformando en algo más profundo. Él fue el primer hombre que me besó, el primero que me hizo sentir deseos de amar y a quien entregué por primera vez mi cuerpo cuando apenas tenía diecisiete años. Los dos ocultamos nuestra relación a las respectivas familias porque, aunque se conocían, no hubieran aprobado que, tan jóvenes, iniciásemos algo que iba más allá de la pura amistad. Durante el invierno era fácil porque vivía en aquel entonces en una gran ciudad, donde es más sencillo esconderse por calles poco transitadas o valerse de los amigos para encubrir encuentros amorosos furtivos. Pero lo difícil llegaba en verano, cuando ambos veníamos al pueblo; tan pequeño, tan lleno de gente ansiosa de novedades y cotilleos. Como mi casa, la que hoy me acoge, quedaba tan aislada, pensamos que lo más fácil sería encontrarnos por la noche en los alrededores. Siempre seguíamos la misma rutina. Yo me acostaba a las diez, alegando que estaba cansada o que quería leer un poco en la cama, o que iba a escribir una carta a mis amigas. Me metía en la cama y cuando mis padres subían y mi madre, como siempre, entraba en mi cuarto, me encontraba tapada y haciéndome la dormida. Sólo tenía que esperar una hora más y cuando la casa entera resonaba con los ronquidos de mi padre me descolgaba por el viejo árbol de tronco nudoso y retorcido, que como mi guardaespaldas personal custodiaba el balcón de mi habitación. Parecía que ciertas protuberancias de la madera habían sido colocadas para que mis pies encontrasen mejor apoyo. Una vez en el suelo eran los fuertes brazos de Lucas los que me recogían y sus tibios besos eran mi bienvenida. Agarrados de la mano corríamos a esconder nuestro recién iniciado amor entre el brezo, al amparo de los pinos.
Acordarme de Lucas me había hecho soñar despierta. ¡Cuánto daría en este momento porque estuviese de nuevo a mi lado! Creo que fui tremendamente injusta con Jaime y conmigo misma cuando accedí a casarme con él sabiendo que todavía era Lucas quien llenaba cada resquicio de mi corazón. Pero Jaime se había portado tan bien conmigo, me había dado tanto consuelo cuando lo necesitaba, que confundí cariño y agradecimiento con amor. Y aquí de nuevo entra en lid mi cobardía, mi miedo a la soledad. ¿Por qué no fui valiente y rechacé a Jaime? Tenía miedo a despertarme una mañana y al mirarme en el espejo ver a una mujer envejecida, sola, amargada. Siempre quise tener una familia, niños, una vida que me llenase. Pero nada de eso conseguí. La única vez que estuve embarazada no acabó bien. Quizá fue mejor así, porque no era hijo de Jaime, y pienso que, en el fondo de su alma, él nunca sería capaz de amar de verdad a aquella inocente criatura. Deseché pensamientos inútiles de mi cabeza, y seguí leyendo la agenda de tapas rojas que se había convertido en la peor de mis pesadillas.

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